Quién no lo haya hecho aún, antes de leer el presente debe remitirse al Editorial de ayer que bajo el nombre de La Belleza de los Números se refiere al crecimiento exponencial, fenómeno que rige a todos los procesos que crecen ó decrecen a una tasa determinada.
Este fenómeno matemático tiene una potencia descomunal e implicancias raramente tenidas en cuenta cuando los seres humanos tomamos decisiones.
El mundo sustenta su funcionamiento en el crecimiento. Crecer en numero, crecer en importancia (dominar), conquistar espacios y subir en la escala jerárquica, son impulsos de orden genético. Tanto los seres humanos como las demás especies de animales y vegetales, existimos porque de alguna manera hemos triunfado en la lucha por ocupar espacios en los ecosistemas y en desplazar a los demás. Todo crece, incluso exponencialmente, hasta que algún límite pone coto a esa aspiración.
Es entonces que los seres humanos hemos establecido nuestras relaciones y nuestros sistemas de convivencia basándonos en el crecimiento al que nos urge nuestro ADN por una parte, y en los límites que impiadosamente nos impone la Naturaleza por la otra. Y es por eso que los sistemas económicos y sociales que siempre han triunfado entre nosotros, son los que contemplan ese mandato genético de crecer y esa predisposición -también genética- de clasificarnos socialmente en jerarquías. Toda vez que aspiramos a igualarnos, a barajar y dar de nuevo, o a “socializarnos” – impulsados por cuestiones morales- terminamos igual que al principio, solo que habiendo cambiado el dinero de manos y modificado los nombres de los jefes.
Y así fue siempre desde que el mundo es mundo, la curva de crecimiento exponencial intentando disparar los fenómenos hacia las nubes y los límites naturales poniendo coto a esas aspiraciones cuando se hacían desmedidas. Y cuál es entonces la diferencia respecto a lo que sucede ahora?
La diferencia es que esta vez los seres humanos hemos logrado violentar los límites por un tiempo, porque conseguimos dos armas que golpearon en simultáneo a la Naturaleza y la adormecieron: los combustibles fósiles y la tecnología.
La curva de crecimiento exponencial logró esta vez -apalancada por esas armas inéditas- no respetar los límites y perforar el techo.
A modo de ejemplo le muestro a continuación una ensalada rusa de cosas que están creciendo de esa manera furiosa, y lo invito a que investigue por su cuenta cuantas otras se le ocurran, porque prácticamente TODO en este mundo está creciendo exponencialmente: el turismo, la indumentaria, los celulares, los alimentos, los asientos en las escuelas, el consumo de medicamentos, las armas, la basura, la extinción de especies, la producción de electrodomésticos, las pérdida de acuíferos, el consumo de petróleo, los metros cuadrados edificados, los kilómetros de rutas, etc.









Se ve inmediatamente que las curvas exhibidas a modo de ejemplo siguen el patrón analizado en el Editorial de ayer, que repito acá:
Y todas ellas son hijas de estas otras dos…

…o sea del descomunal crecimiento de la población mundial sustentado en la disponibilidad irrestricta de energía que nos regalaron los combustibles fósiles.
Es necesario repetir una vez más que los combustibles fósiles son finitos y no renovables, que están transitando sus picos de producción y que cuando su disponibilidad decline -cosa que está a punto de ocurrir- no será posible sostener ninguno de los crecimientos que hemos visto en esas vistosas curvas apuntando al techo. Y la primera que deberá llamarse a cuarteles de invierno es la curva de crecimiento poblacional, porque ella es la madre de todos los problemas y también la madre de todos los dolores que significará retrotraer su número a algo que sea sustentable en un mundo sin energías fósiles y depredado como lo estamos haciendo.
Ahora bien, cada vez que se toca socialmente este tema la sensación de quienes no están imbuidos de él es de desconcierto, sorpresa y rechazo. Nadie se da por enterado de que estamos viviendo tiempo de descuento y esa falta de señales claras de catástrofe (no hay ruidos ensordecedores, ni montañas cayendo) hace que la gente no comprenda la gravedad del problema. Es necesario entonces acudir una vez más a las matemáticas para encontrar la respuesta, porque el ser humano no es ni tonto ni suicida, y sin embargo no está actuando a la altura de las circunstancias.
El enunciado del problema sería, en concordancia con el título de este Editorial (Un Mundo de Sensaciones):
Por que tenemos la sensación de que todo está bien? Cómo y cuándo recibiremos señales de que hay un problemón en ciernes?
El profesor emérito Albert Bartlett de la Universidad de Colorado en Boulder hace el siguiente planteo:
Supongamos que ponemos en un frasco una bacteria a las 11 de la mañana, y que como las bacterias se dividen en 2 cada vez que se reproducen, esta lo hace cada minuto. O sea que al minuto tendremos 2 bacterias, luego 4, luego 8, luego 16, luego 32…..tal cual vimos ayer que se manifiesta un crecimiento exponencial. A las 12 horas el frasco estará lleno de bacterias, ya no entrarán más.
La primera pregunta es: a que hora el frasco estuvo mitad lleno y mitad vacío? La obvia respuesta es que a las 11:59, porque en el siguiente minuto, al volver a duplicarse, completarían el llenado total. Esto pone la primer señal de alarma: no parece lógico que se tarde 59 minutos para llenar la primer mitad y solo 1 minuto para llenar la segunda mitad, y sin embargo no hay dudas de que así ocurre. Pongamos las cifras en orden y se verá mejor:
Hora Espacio lleno Espacio vacío
11:00 0 1 >>>>todo vacío
:::::::::::::
11: 54 1/64 63/64 >>>>faltan 6 minutos y solo 1/64 está lleno
11: 55 1/32 31/32
11: 56 1/16 15/16
11: 57 1/8 7/8
11: 58 1/4 3/4
11: 59 1/2 1/2 >>>falta 1 minuto y la mitad aún esta vacía
12:00 lleno 0 >>>>todo lleno
La siguiente pregunta es: A que hora una bacteria tendría la sensación de que se está quedando sin espacio? No a las 11:54, con seguridad, porque allí solo estaría llena la 1/64 partes de la botella (que es apenas el 1,6 %), y ni siquiera a las 11:59, ya que a esa hora la mitad de la botella estaría aún vacía. La respuesta entonces es que esa sensación de opresión la sentiría en algún momento del último minuto, o sea entre las 11:59 y las 12:00
Esta es también la explicación válida para la falta de preocupación de los seres humanos respecto a su destino. No tenemos aún sensación de opresión, comenzamos a vislumbrar algún problema a la distancia, más que nada porque los molestos especialistas en temas ambientales están prendiendo las balizas, pero todavía estamos cómodos, distendidos y con la impresión de que falta mucho para que algo desagradable suceda. Y sin embargo, estamos en el minuto 59….
Aldous Huxley decía que «...los hechos no dejan de existir porque sean ignorados…”, y H.L Mencken completaba el concepto asegurando que “…está en la naturaleza humana rechazar lo que es cierto pero desagradable, y abrazar lo que es obviamente falso pero placentero…»
Este muchacho sí que sabía de sensaciones:

2 comentarios sobre “Un Mundo de Sensaciones”