Lecciones del Holocausto para Nuestro Tiempo

Me permito a continuación traducir un interesante y conmovedor artículo publicado originalmente en inglés por Resilience.org | FEB 16, 2016, al pié del cuál insertaré algunos comentarios personales respecto a las enseñanzas que nos lega su lectura.

Lecciones del Holocausto para Nuestro Tiempo

por Dianne Monroe,

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Photo: Author as infant with grandparents

Mi madre NO murió cuando otros muchos lo hicieron, y por lo tanto vivió para darme a luz a mí. Escribo sobre este tema ahora porque se relaciona con el presente, aunque el cataclismo donde tantos murieron ocurrió hace más de 75 años. Yo debo en parte mi vida a gente que arriesgó la propia y cuyos nombres nunca sabré.

Esta historia está grabada en mis huesos. La recuerdo contada y recontada desde mis primeras vivencias infantiles aunque los detalles se van haciendo difusos debido al paso del tiempo. Nadie que la haya vivido está actualmente vivo, y no sabría como verificar los hechos específicos, por lo que la escribo acudiendo a lo mejor de mi memoria a sabiendas de que es veraz en su sentido más amplio y profundo.

La familia de mi madre era de Judíos Holandeses, con varios siglos de historia considerando a Holanda como su hogar. Eran Judíos Sefardíes, descendientes de los que huyeron de la Inquisición Española en el siglo XVI, y por lo tanto provenían de esa gente que cuenta con una afinada intuición respecto a cuándo es necesario huir, y que habían encontrado los mecanismos para hacerlo.

Más Judíos Holandeses murieron en el Holocausto que de cualquier otro país de Europa Occidental. Algunos estiman que el 75 %, otros suben la cifra hasta el 90 %. ¿Como se las arregló esa parte de mi familia para sobrevivir? Y ¿cuáles pueden ser las enseñanzas aplicables a nuestros tiempos de crisis climática, considerando que estamos transcurriendo la Sexta Extinción (con docenas de especies desapareciendo cada día) y con el futuro de la vida tal cuál la conocemos pendiendo de un hilo?

Como la mayoría de los Judíos Holandeses, la familia de mi madre se consideraba holandesa en primer término. Solo nominalmente eran religiosos, aunque se sintieran orgullosos de su historia de Judíos Sefardíes. Mi abuelo era un músico clásico de profesión y tocaba instrumentos de viento en la Sinfónica de Holanda. Mi abuela era una artista visual, nacida y criada en Ámsterdam, al igual que el grueso de los Judíos Holandeses. Vivía en un vibrante vecindario, con un histórico teatro a media cuadra de su casa y el zoológico de Ámsterdam a solo una manzana de distancia.

Durante la Primera Guerra Mundial los padres de mis abuelos (o sea mis bisabuelos) adoptaron de un orfanato de Judíos Alemanes a una chica llamada Ulie, que se crió como la hermana de mi abuela. Cuando Ulie hubo crecido regresó a Alemania, y con el tiempo la familia dejó de saber de ella. Mi abuela se casó y se mudó a La Haya, aproximadamente a una hora en tren de Ámsterdam, y allí nacieron mi madre y mi tío. Desde esa localidad la familia miraba con preocupación el surgimiento del Nazismo en Alemania, país que compartía una frontera con Holanda.

Contaba mi abuelo que un día, cuando regresaba de un ensayo, fue abordado por un extraño que decía ser amigo de Ulie, y se entabló una conversación sobre ella. En un momento el extraño le preguntó a mi abuelo si estaría dispuesto a hacerle un gran favor a Ulie, aunque eso implicara un importante riesgo. Mi abuelo le contestó que siendo Ulie como una hermana para su mujer, harían cualquier cosa para ayudarla. El extraño relató entonces que Ulie, su marido y un bebé estaban siendo sacados de contrabando de Alemania, y que necesitaban un refugio seguro hasta que se arreglaran las cosas para trasladarlos a Inglaterra. Mi abuelo entonces los invitó a permanecer en su casa, y fue esa visita inesperada la que los alertó respecto del peligro que implicaba Alemania, y la que finalmente terminó siendo la salvación de mi familia.

Casi toda Europa desconocía tanto lo que estaba sucediendo en Alemania como los planes que se estaban urdiendo allí para el futuro próximo. Cómo podían saberlo? Numerosos Judíos de los países vecinos a Alemania creían, no sin razón, que la mejor manera de actuar era permanecer unidos, y muchos de los que vivían dentro de Alemania supusieron que lo mejor era mantener bajo perfil y obedecer las cada vez mas demandantes y restrictivas leyes contra su comunidad.

Muchos Judíos, incluyendo a la familia de Ana Frank que había inmigrado desde Alemania, pensaron que Holanda sería segura, en parte por su neutralidad durante la Primera Guerra Mundial y en parte por su larga tradición de tolerancia religiosa. Sin embargo la situación fue mas compleja y confusa de lo que una visión retrospectiva pueda hoy indicarnos.

Numerosos Judíos efectivamente quisieron emigrar, pero no les fue fácil hacerlo dado que la mayoría de los países del mundo tienen estrictas cuotas migratorias con complejos requerimientos y largos períodos de espera. Cada aspirante debía competir con miles de otros -igualmente desesperados- por unas pocas cuotas disponibles. Casi todos los países, incluyendo a los Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña, se resistieron a ampliar las cuotas de inmigración a pesar de la urgente necesidad que se presentaba. Le suena esto como algo que está sucediendo hoy en día? (Clave: reemplace Judío por Medio Este)

Siempre hubo un dejo de clandestinidad en la manera en que mis abuelos contaban esta historia, y hubieron también cosas de las que que no se hablaba y otras que se llevaron a la tumba y que me hubiera gustado conocer. Percibían que había cierta ilegalidad en la forma en que se traía a los Judíos de Alemania (que obviamente no tenían papeles migratorios habilitantes) y también en los métodos para enviarlos a Inglaterra.

Siempre supe que había riesgos implícitos para mi familia, y recuerdo a mi madre contándome que había recibido estrictas órdenes de no hablar con nadie sobre Ulie y su familia. Estos huéspedes permanecían en un cuarto sin ventanas situado en el centro de la casa. Haber aceptado asumir riesgos por Ulie y los suyos puso a mis abuelos en contacto con lo que parecía ser un embrionario movimiento de resistencia. Les dio también conocimiento de lo mal que estaban las cosas para los Judíos dentro de Alemania, y de lo malo que serían si Alemania invadiera Holanda.

Tan pronto como en 1933, poco después de que Hitler asumiera el poder, fueron establecidos los primeros campos de concentración. Inicialmente eran para detener a los “enemigos del estado” (socialistas, comunistas, homosexuales, etc.) Sin embargo los arrestos masivos de Judíos no ocurrieron hasta 1938. Parecería que Ulie y su familia habían sido arrestados en uno de los primeros raids, y que de alguna manera habían escapado y se habían puesto en contacto con grupos que los ayudaron a llegar a Holanda en camino a su destino final de Inglaterra (repito que eran los inicios del movimiento de resistencia). Cuando llegaron a lo de mis abuelos estaban en muy mal estado físico . Una vez allí compartieron con ellos su experiencia y relataron cuánto realmente estaba sucediendo en Alemania, cuestión que solo muy poca gente sabía para esa época. A partir de ese momento mis abuelos empezaron a estudiar seriamente la manera de abandonar Holanda. Resultó entonces que su casual conexión con ese temprano movimiento de resistencia fue lo que terminó de convencerlos de la necesidad de huir y lo que les proveyó de contactos para hacerlo. Otra conexión fortuita permitió más tarde a mis abuelos trasladarse a los Estados Unidos pese a la restrictiva política migratoria, pero esa es otra historia y excede a este artículo.

Los padres de mi abuela (los que habían criado a Ulie de chica), no escaparon. Fueron muertos en los campos de la muerte de Hitler junto con el resto de mi familia extendida. Significa entonces que si mis bisabuelos no hubieran abierto su casa para criar a una niña huérfana, mis abuelos no hubieran recibido el alerta temprano que los urgió a huir ni las conexiones necesarias para hacerlo, y yo no hubiera nacido.

Es sumamente difícil percibir el efecto dominó de nuestras acciones y el impacto que ellas pueden tener en el futuro. Recuerdo a mi abuela diciéndome: “gracias a que nos arriesgamos por otros, pudimos salvarnos”, y repetía esto una y otra vez durante mi época de escuela primaria, y este mensaje contribuyó a formarme como soy y a marcar la manera en que he llevado adelante mi vida.

Relato esta historia tan cara a lo que soy, por todo lo que me ha enseñado sobre la vida y sobre la situación actual de la humanidad. Escribo estas líneas para compartir lo que aprendí, y para invitarlo a usted a hacer lo mismo con sus historias personales. Me hace vulnerable relatar historias tan personales, y por cierto no lo haría si no considerara que es relevante a lo que sucede con el mundo de hoy en día.

Se preguntará usted: ¿qué tiene todo esto que ver con el desafiante, peligroso y complejo tiempo que nos toca actualmente vivir?

Si bien es cierto que nada se repite con exactitud y que las cosas terminan sucediendo de forma bastante distinta a lo esperado, los seres humanos solemos mirar los hechos sucedidos para intuir lo que podemos esperar del futuro, y también para aprender a instrumentar rápidos y dramáticos cambios en base a las lecciones del pasado.

¿Que nos cuenta entonces esta historia de hechos antiguos respecto a lo que estamos viviendo en la actualidad?

Primero: que hay que tener el coraje de considerar la peor situación, aunque no fuese seguro que las cosas terminarán sucediendo de esa dramática manera. Para mis abuelos esa actitud significó considerar que Alemania podría invadir Holanda, a pesar de que mucha gente pensaba que eso no sucedería. También implicó considerar la posibilidad de que los Nazis estuvieran haciendo cosas bastante peores que simplemente enviar a los Judíos a campos de trabajo (que es lo que se decía, y que de por sí ya hubiera sido suficientemente malo)

Para nosotros, hoy en día, supone considerar los peores escenarios para la crisis climática y para lo que los gobiernos harán al respecto. El comportamiento futuro de la crisis ambiental, en concordancia con la interconectada crisis de nuestra civilización, no puede ser completa ni precisamente anticipado, y sin embargo dada la gran cantidad de señales y hechos que van sucediendo, deberíamos considerar el peor escenario posible para comenzar a buscar soluciones.

Surgen las primeras preguntas: ¿Estamos viviendo un emergente fascismo? ¿Como se manifestaría? ¿Como darnos cuenta? ¿Que señales se empezarían a ver?

Comenzamos a percibir la erosión de los derechos civiles, la eliminación de nuestra privacidad, la militarización de las fuerzas policiales, la represión creciente de la gente de color, el aumento de la xenofobia, los sentimientos anti-inmigración, la Islamofobia…. y la lista continúa.

Y se generan nuevas preguntas: ¿Como se sentirá la gente perteneciente a alguno de los grupos en cuestión? ¿Como nos daremos cuenta si las cosas pasan de malas a desastrosas? ¿Cómo puede la gente con raíces europeas saber lo que efectivamente sucede dentro de los grupos marginales? ¿Como habría que prepararse para vivir la nueva situación? ¿Como se interconectará la crisis climática con el emergente fascismo?

Segundo: aunque no le fuera posible modificar la amenazadora imagen de la tormenta que se ve en el horizonte, haga usted su mejor pronóstico de qué podría suceder, decida qué acciones tomar para sobrevivir, y evalúe cuánto podrá ser salvado. A continuación decida qué acciones le toca tomar, y póngase a trabajar.

De mi lectura de lo sucedido con la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, especialmente entre los Judíos y aquellos que intentaron ayudarlos, esto significa:

-Saque a todos los que pueda rescatar (lo que sucedió con mi familia)

-Esconda y cuide a los que no pueda sacar.

-Resista e intente disminuir el ritmo de la destrucción. Cuide la vida de todas las maneras posibles (en la Segunda Guerra Mundial significó incluso resistencia armada, cuestión que no recomendaré en este artículo)

La conexión temprana de mis abuelos con un grupo que ayudaba a los Judíos a migrar de Europa hizo posible a mi familia escapar, y a mi a nacer. Debo mi existencia a gente previsora y valiente -cuyos nombres nunca sabré- que aceptaron arriesgar sus vidas para salvar a otros.

Cuando la gente dice: “no hay nada que puedas hacer” respecto a las múltiples e interconectadas crisis que enfrentamos hoy en día, suelo responder que el hecho de que yo esté viva refuta esa aseveración, y a continuación les relato una versión resumida de mi historia familiar. Las cosas pequeñas (o no tanto) hacen la diferencia, incluso de maneras sorprendentes.

Afortunadamente numerosas personas están intentando encontrar una respuesta, y muchas otras buscan la mejor manera de conducir las pasiones, las habilidades y la energía. Está por verse cuál opción es la mas efectiva. Si lo que se está haciendo no es suficiente (el Holocausto demostró que nada es suficiente) hay que preguntarse qué es lo que falta. Debemos ser implacables en la búsqueda de los mejores valores, y si algo no es efectivo hay que dejarlo de lado e intentar otra cosa.

Surgen finalmente nuevas preguntas: ¿Podremos sacar a la gente del cataclismo que se avecina? ¿Y al oso polar? Y si no son los grandes mamíferos, ¿serán los gatos? ¿O las ratas? ¿O los picaflores? Estamos viviendo los tiempos de la “Sexta Extinción” y todas las especies que salvemos son preciosas. Finalmente un día alguna persona u organismo del futuro podrá deber su existencia a una acción suya, aunque ni siquiera conozca su nombre, como me sucede a mí.

Por lo que entiendo los planetas habitables son raros en el Universo, y la evolución de la vida y sus complejos ecosistemas es aún mas rara. Esta fase de la evolución en nuestro planeta es preciosa, ………¿cuánto de ella podremos salvar para el futuro?

……….

Nota: luego el artículo se extiende en un punto Tercero que no traduzco acá por considerarlo menos relevante a la problemática que trato, pero quién quiera ver la versión completa puede remitirse al original publicado en este link (solo en inglés).

Comentarios y Conclusiones:

La primera cosa que llama mi atención es la incapacidad del ser humano de detectar los peligros en forma temprana. He leído de varias fuentes que la población en general de la Europa de pre-guerra no percibía, o no quería hacerlo, lo que se estaba gestando en Alemania, que dicho sea de paso quedaba en el medio del continente europeo y por lo tanto no era un país lejano que vino a invadirlos por sorpresa.

Las sociedades intentan mantener el statu-quo hasta último momento, y cuando reaccionan suele ser tarde. Por algún motivo las personas que las integran detestan los cambios y en consecuencia se niegan a escuchar las malas noticias y terminan desacreditando (cuando no matando) al mensajero.

La autora manifiesta haber escrito este episodio de su vida familiar justamente para ayudar a tomar medidas respecto a la crisis ambiental en ciernes, y establece un paralelo con lo ocurrido durante la Segunda guerra Mundial, donde se salvaron solo los que se enteraron con tiempo y tomaron al toro por las astas.

Llama poderosamente la atención la indolencia con la que los avanzados hombres sabios (Homo sapiens) tomamos los peligros en ciernes, habida cuenta de que numerosos estudios científicos demuestran que tanto la situación ambiental como la derivada del recambio energético ya han superado el punto de no retorno, motivo por lo que solo nos queda mitigar las consecuencias para hacer el porrazo menos doloroso, y eso ocurrirá siempre y cuanto empecemos a tomar las medidas correctivas de inmediato.

Otra lección que se extrae del artículo de Dianne Monroe es la crueldad que es capaz de esgrimir el ser humano cuando se sale del libreto, cuestión que se ha visto repetida a lo largo de la historia y que debería ser motivo de fuerte preocupación en la situación actual. La población mundial supera ampliamente la capacidad del Planeta de sostenerla y requerirá de un fuerte ajuste numérico no bien los combustibles fósiles dejen de apuntalar lo que fue a todas luces un crecimiento desmesurado.

De una forma u otra “sobran” en el Planeta Tierra la mitad de sus habitantes, y retrotraer la población a una cifra acorde con la capacidad de producir de forma sustentable la energía necesaria para la vida y mantener los servicios ambientales, requerirá de una planificación muy precisa y de una disposición al sacrificio que con seguridad aún no está en los planes de nadie.

En el Editorial del 13 de febrero titulado Un Mundo de Sensaciones vimos que estamos en el minuto 59 de la hora y sin embargo no percibimos la inminencia del problema que deberemos enfrentar. Cuánto antes lo hagamos mayores posibilidades de sobrevivir tendremos y menores sufrimientos demandará la adaptación a la nueva situación de mayor austeridad que se avecina.

Como aconseja la sabiduría popular: “hay que esperar lo mejor pero prepararse para lo peor»

 

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