Para comprender mejor el relato que sigue, el lector debería refrescar los conceptos vertidos en algunos editoriales anteriores, comenzando por Yo no debería escribir esto del 30 de Diciembre de 2015, Sucesos 2015 del 4 de Enero de 2016, Como NO resolver un problema del 14 de Enero de 2016, Porqué baja el precio del petróleo del 5 de febrero de 2016, La Belleza de los Números del 12 de Febrero de 2016, Un Mundo de Sensaciones del 13 de Febrero de 2016 y la Situación Actual de la Producción Petrolera del 25 de Febrero de 2016.
En el libro No Somos Nada intenté de manera poco ortodoxa (mejor decir “original”) dar mi propia visión de cómo funciona el Mundo en este particular e irrepetible momento de nuestra historia. Expongo allí la dificultad de los individuos –como usted o como yo- para divulgar o imprimir sus ideas en un mundo regido por grandes estructuras de tipo corporativo que dominan la escena y direccionan vidas y voluntades con apabullante publicidad, informes científicos y notas periodísticas, todos apuntando a mantener con buena salud un sistema objetivamente insostenible pero conveniente a sus intereses.
Mantener el statu-quo (el business as usual de los americanos) es indispensable para un sector de la humanidad que ha prosperado de manera casi lineal desde que se quitó de encima las ideas revolucionarias y anárquicas de la izquierda, y que logró meter bajo la alfombra la pobreza vergonzante de África y de otras extensas regiones del Asia.
Mientras se mantenga el statu-quo, una buena parte de la población de Occidente vive una fiesta de abundancia, de confort, de tecnología, de seguridad alimentaria, de educación, de salud, de entretenimiento, de turismo, de arte, etc. que no quiere resignar. Y una buena parte de Oriente intenta seguir los pasos de sus congéneres occidentales a partir de que han probado las mieles del capitalismo como generador de riqueza.
Sin embargo si pusiéramos en una computadora la información de los “insumos” de que disponemos en el Planeta Tierra, incluyendo todo (seres vivos, minerales, compuestos de todo tipo y color, recursos energéticos, etc.) y le dijéramos a la máquina a qué resultado aspiramos a llegar, la pobrecita entraría en colapso y se “colgaría” intentando calcular un imposible.
El proyecto de los seres humanos sobre la Tierra no cierra simplemente porque las curvas de los insumos que necesitamos para llevar adelante nuestro sueño divergen de las curvas de los que disponemos, y esa divergencia se va ampliando a medida que el tiempo pasa.

Sacar la pátina brillante de la superficie de los sucesos cotidianos, y mirar lo que se oculta por debajo, implica encontrarse con sorpresas desagradables. Y alertar al gran público de nuestro hallazgo significa mover a mucha gente de su zona de confort, amén de torcer un relato que hemos mamado y creído desde demasiado tiempo atrás.
El Mundo del Siglo XXI es hipertrofiado e inmenso, y esa creciente dimensión lo ha hecho construir instituciones y corporaciones de tal magnitud que los individuos hemos perdido identidad e importancia, y como consecuencia pasamos a ser simplemente números. Usted seguramente sabe quién fue Henry Ford, David Rockefeller o Albert Einstein, pero dudo que sepa quienes son Toyota, British Petroleum, o los científicos que están corriendo atrás de la “partícula de Dios” para lograr la Fusión Nuclear. Los individuos vamos perdiendo relevancia a medida que el mundo se hace mas grande y complejo. Y esa pérdida incluye también la posibilidad de ser escuchados cuando tenemos algo que decir, no importa lo interesante que esto sea.
Por ejemplo, usted habrá leído en el libro No Somos Nada –y espero haberlo convencido al respecto- que no hay solución posible al colapso del Planeta si no se corrige previamente el asunto del crecimiento demográfico exponencial en el que estamos cabalgando. Yo puedo asegurarle que esa no es simplemente mi particular “opinión”, sino que es el resultado de contabilizar los recursos de que dispone el Planeta para sustentarnos y las necesidades que tenemos los seres humanos para vivir. Una suerte de Debe y Haber que arroja un déficit insostenible.
Entonces yo, un simple individuo consciente del problema demográfico, y en aras de salvar a mis congéneres humanos, debería pararme frente a la Basílica de San Pedro en el Vaticano y empezar a vociferar que la Iglesia debe promover el control de la natalidad, o caso contrario algo terrible sucederá a la humanidad en el futuro próximo. No voy a intentar semejante hazaña para no terminar preso de la Guardia Suiza o internado en un manicomio, pero sobre todo no lo haré porque mis probabilidades de torcer la doctrina de la Iglesia son nulas. La Iglesia Católica es una Institución (Corporación?) con mil millones de feligreses y que no tiene ningún interés en perder “asociados” por reducción de la población mundial, y mucho menos cuando los musulmanes (que son una cantidad similar) han decidido conquistar al mundo procreándose a una tasa superior a la de los habitantes originarios de los países en que habitan.
La paradoja consiste en que el Papa, y por lo tanto la Iglesia Católica como Institución, saben perfectamente que lo que yo estaría gritando frente a la puerta de la Basílica es cierto, al punto de que la Encíclica Laudato SI de Mayo de 2015 describe con lujo de detalles la situación de maltrato que propinamos a nuestra Casa Común (sic), en buena parte por ser demasiados. Lamentablemente cuando terminan los capítulos del diagnóstico y uno espera el aporte de una idea superadora, la Encíclica se queda en recomendaciones flojitas y de imposible cumplimiento (ya sabe: dialogar, amar al prójimo, repartir mejor, etc.). Estoy convencido de que la Iglesia Católica no va a escuchar la alarma-y mucho menos a tomar medidas para detener el crecimiento demográfico- aunque esto nos lleve al próximo Diluvio Universal.
Resignado entonces a que la mayor institución del mundo occidental –la Iglesia Católica– no esté dispuesta a negociar conmigo la cuestión demográfica, no perderé el buen humor e intentaré predicar sobre cuestiones menores.
Por ejemplo, conociendo los menguantes inventarios de materias primas y energía de que dispone nuestra civilización para seguir engordando, podría concurrir al Foro Económico Mundial en Davos y pararme a la entrada del auditorio con un cartel bregando por reescribir el Capitalismo, ya que ese sistema económico se sustenta en el crecimiento sin límites, y según entiendo yo y cualquiera que domine matemáticas de cuarto grado (o mejor aún, que sepa googlear los inventarios), los límites están a la vista y son acuciantes. Sospecho sin embargo que en esta patriada mis probabilidades de éxito también son nulas, ya que varios miles de millones de personas se levantan cada mañana pensando en artilugios que les permitan crecer, consumir más y vivir mejor, y para lograrlo no hay mejor sistema (al menos hasta que los límites digan basta) que el Capitalismo tal cuál lo conocemos.
Visto entonces que cambiar el sistema económico mundial también me queda grande, puedo bajar un escalón en mis pretensiones e intentar con algo más doméstico.
Podría intentar convencer a nuestro flamante Presidente Mauricio Macri (que siendo ingeniero va a comprender mejor los números y los gráficos) de que su plan de gobierno pensado para “volver a crecer” es extemporáneo, porque lo que hay que hacer en las actuales circunstancias de inventarios menguantes, energía en retroceso, ambiente dañado,……y bla, bla, bla…… es “parar de crecer”. Seguramente el Presidente comprendería mis argumentos y hasta los compartiría, pero al instante me sugeriría ir a explicarle mi plan al Ministro Bergman en una audiencia concertada para el 10 de Diciembre de 2019.
Ya en una escala modesta, casi denigrante diría yo, podría entrevistarme con el Presidente de General Motors y solicitarle que fabrique menos vehículos porque contaminan, o con Hugo Moyano y convencerlo de que los camiones polucionan y que habría que fomentar el Ferrocarril, o con Isela Constantini para que retire vuelos de Aerolíneas Argentinas, o ____________________ (ponga usted lo que se le ocurra). Dependiendo del grado de educación del entrevistado sería el tono de la respuesta -o la discreción de la carcajada- pero el resultado de la solicitud sería siempre el mismo: imposible, ……..usted tiene razón pero marche preso.
Bueno, al fin y al cabo de eso se trata la irrelevancia individual: no importando lo acertado del mensaje de un individuo, el sistema imperante -que ha optado por mantener el statu-quo- no va a cambiar si no es por situaciones catastróficas ó extremas. Tiene que haber sangre corriendo por las calles, el daño debe ser tangible, visible, audible, y no simplemente una potencial amenaza futura pregonada por un No Somos Nada de este mundo. Las corporaciones que manejan nuestros destinos no tienen sentimientos, solo tienen intereses y buscan resultados (económicos ó electorales), y como ya han optado por un camino a seguir y por un objetivo a alcanzar, no piensan modificar un ápice el rumbo elegido aunque encendamos la alarma y gritemos Mayday! Mayday!
Será entonces la Naturaleza la que decida por nosotros, porque ella no se rige por deseos, expectativas, sueños ni relatos. No escucha publicidades ni lee noticias en los diarios, no puede ser convencida por habladores hábiles ni acata códigos o doctrinas. La Naturaleza es absolutamente pragmática, se rige por cuestiones objetivas, por números, por cantidades, por Leyes, por fuerzas, respeta escrupulosamente los límites, no ama, no odia, no desea, …….pero cuidado, tampoco perdona.
Un día de estos la Naturaleza deberá optar por una manera de traernos a la realidad, porque nosotros al no querer escuchar las alarmas le delegamos la tarea, y lo hará eligiendo en un multiple choice que se presentará más o menos así:
- hambrunas
- guerras convencionales
- guerras atómicas
- cambio climático
- modificación de corrientes marinas
- contaminación
- falta de agua
- falta de energía
- falta de minerales esenciales
- etc.
Nadie sabe cuál será la opción escogida, pero la elección ya no es más nuestra.
