Escribo estas líneas luego de vivir la interesante (y triste) experiencia que brindó el huracán Matthew en los últimos días. En lo personal me permitió visualizar qué ocurre con nuestro sistema de vida totalmente dependiente de aportes enormes y constantes de energía, cuando el suministro de ésta se pone en duda. Ni que decir que los habitantes del Primer Mundo no podemos sobrevivir sin automóvil, sin heladera y sin aire acondicionado, y que solo con el rumor de algún faltante se producen crisis alimentarias, de suministro de materiales básicos, colas en los supermercados, en las tiendas de materiales de construcción y en las estaciones de servicio.

Pasé esta mini-crisis en el condado de Palm Beach, en el Estado de la Florida, uno de los más ricos del mundo y situado en el país más poderoso del planeta. El impacto de Matthew en nuestra localidad fue solo lateral y duró apenas 36 horas. Sin embargo, antes de que se produjera la primera brisa ya no había en los comercios más gas en garrafas, ni maderas aglomeradas, ni tornillos, ni pilas, ni muchos otros productos de primera necesidad, incluidos los combustibles líquidos.
