
El 11 de Marzo de 2017 el Indio Solari se presentó en Olavarría en el trágico recital que hoy es noticia en todos los diarios.
Acudieron al evento unas 300.000 personas, muchas de las cuáles pagaron su entrada de $ 800 (51 dólares) y debieron trasladarse 350 km (suponiendo que partieran de la ciudad de Buenos Aires).
Un buen tiempo atrás, entre el 15 y el 18 de Agosto de 1969 se juntaron en Bethel, en el Estado de Nueva York, las 400.000 personas que concurrieron al famoso festival de Woodstock. La población de los Estados Unidos a esa fecha era de 200 millones de personas. Allí la juventud norteamericana hastiada de las guerras y que pregonaba la paz y el amor como medio de vida, se congregó en un predio de 240 hectáreas y escuchó 32 actuaciones de distintos artistas. La entrada costó 18 dólares. Durante esos 4 días murieron 3 personas, una por sobredosis, otra por apendicitis, y la última por un accidente con un tractor.
No me voy a extender en comparaciones, solo deseo dimensionar el festival del Indio Solari, del que confieso que no tenía ni noticias hasta que sucedió lo que sucedió. Trescientas mil personas en un país de 40 millones de habitantes, en un pueblo situado a enorme distancia del lugar de residencia de los fans, y con los déficits de transporte, habitacionales y de servicios que era dable esperar, es una enormidad de gente.
Muy pocos eventos son capaces de juntar semejante numero de concurrentes, máxime cuando se paga entrada en lugar de recibir billetes o choripanes. Es sabido que los políticos arrean a la gente con amenazas de despido o con organizaciones sindicales o sociales que los atemorizan con represalias. Y que además ponen colectivos gratuitos y realizan todos los trucos que conocemos y nos indignan. Y ni por asomo juntan esa cantidad de personas.
Una amenaza de guerra, un golpe de estado, o una catástrofe terminal podrían motivar a la gente a realizar una epopeya semejante, pero la concurrencia a Olavarría fue pura “mística”…
Nos guste o no, el Indio Solari es un dios del Siglo XXI.
Sigamos entonces el camino que nos condujo hasta esta instancia.
Si bien Homo sapiens tiene una larga historia evolutiva, se considera que como especie definida ha vivido unos 200.000 años. O sea que usted, yo, y el Indio Solari somos genéticamente iguales a un hombre de hace 200.000 años, podemos reproducirnos entre todos, y nuestras diferencias visuales son meramente cosméticas.
De esos 200.000 años, los primeros 190.000 los hemos pasado como cazadores-recolectores, o sea viviendo en bandas nómades persiguiendo conejos, jabalíes o ciervos y comiendo carroña de los cazadores más aptos. También recogiendo frutas o raíces de plantas comestibles. Esos grupos humanos estaban compuestos por pocos individuos, porque la caza y la recolección requieren de espacios extensos.
Por si le suena conocido, el comportamiento descripto es exactamente el mismo que tiene hoy una hiena, un zorro o un chimpancé.
Porque por mucho que nos cueste digerirlo, los Homo sapiens fuimos –y somos- animales.
Luego de esos 190.000 años cazando y recogiendo frutos ocurrió la Revolución Agrícola, cuestión que nos permitió agrandar las comunidades porque los sitios de producción eran menos extensos. Nos reunimos en poblados.
Aprovechamos entonces nuestra capacidad de comunicarnos mejor que las demás especies, y poco a poco nos sumergimos en la evolución cultural que nos trajo –doce mil años después- a estos deslumbrantes días que ahora mismo transcurren.
Pero el camino fue tortuoso. Muy pronto, y por vivir en comunidades más numerosas, sufrimos las consecuencias de hambrunas, pestes y guerras, cuestiones que los cazadores-recolectores desconocían.
Y seguidamente comenzamos a buscar ayuda para paliar el dolor, las pérdidas y el sufrimiento. Inventamos a dios.
Algunos pueblos imaginaron un dios para cada actividad importante, y otros fueron monoteístas y encargaron a uno solo toda la tarea. Se acudía a dios para que lloviera, para que las cosechas mejoraran, para que las pestes no mataran a la población, y para que nos ayudara a vencer en las guerras a nuestros enemigos.
Hasta ese entonces no entendíamos el funcionamiento íntimo de los eventos naturales. Durante las pestes no teníamos ni idea que el que nos mataba era un invisible microbio. En los campos desconocíamos porqué cada tanto aparecía un insecto que se comía toda nuestra producción y nos generaba una hambruna en el siguiente invierno.
Entonces rogábamos a dios por ayuda y hacíamos sacrificios de animales o personas para lograr la intervención divina. Entre otras cosas danzábamos, matábamos niños o bellas mujeres, y miles de animales derramaban su sangre en los altares de los templos.
Es claro que esos dioses no eran más que mitos o formaciones subjetivas de nuestras mentes, pero las creencias perduraron durante milenios dada nuestra necesidad de encontrar ayuda externa para resolver todo lo que no comprendíamos. Se entiende que ningún dios hizo jamás llover ni evitó que la peste negra diezmara medio Europa, como tampoco cambió el rumbo de las numerosas guerras que destruyeron pueblos y civilizaciones.
Sin embargo, y pese a todo lo que le sucedía Homo sapiens siguió su derrotero a través de los siglos intentando comprender el funcionamiento de los eventos que lo rodeaban, y paulatinamente fue entrando a la Era del Conocimiento. Para bien o para mal.
En la Navidad de 1642 nace en Woolsthorpe, condado de Lincolnshire, en Inglaterra, Isaac Newton. Fue físico, matemático, astrónomo, teólogo y alquimista, y si bien su legado más notorio fue haber descripto el funcionamiento de la gravedad, lanzó a sus congéneres a cuestionarse el mecanismo de muchos eventos naturales hasta ese momento incomprensibles.
Gracias a Newton y a otros muchos seres inquietos más, se lanzó una carrera frenética por conocer y manejar los sucesos que antes se adjudicaban a la ira o a la benevolencia de algún dios.
La situación de entender cada vez más como funcionaba su entorno produjo en el hombre grandes cambios. Por lo pronto empezó a sentirse el amo del Universo, a pensar que todo giraba a su alrededor y que el resto de la Naturaleza estaba a su servicio. Comenzó a no necesitar tanto a dios. O a percibir que ahora el dios era él.
En la Era del Conocimiento, si una persona se enferma llama al médico, no se queda en su casa rezando. Si una plaga amenaza con propagarse se convoca a bioquímicos, a médicos y a sanitaristas, y a nadie se le ocurre sacrificar una oveja y esperar ayuda divina. De la misma manera si quiero aumentar la producción de soja de mi campo no salgo a danzar a la luz de la luna o enciendo velas a algún dios, sino que contrato a un ingeniero agrónomo o pongo primera y me voy derechito al INTA más cercano.
En la medida que el hombre entiende mejor el funcionamiento de los eventos porque sabe física, química, biología o matemáticas, puede resolver los problemas por sí solo y no siente la necesidad de acudir a un dios. Y ni que decir que obtiene mejores resultados que cuándo lo hacía. O sea que imperceptiblemente vamos cambiando a dios por el hombre mismo, que es como decir que damos a nuestra especie una jerarquía divina.
Para hacer las cosas aún más complicadas para los creyentes, en 1859 el británico Charles Darwin publica El Origen de las Especies, donde explica cómo evolucionan los seres vivos a causa de la selección natural. Su famosa teoría -que resultó en un gran acierto- da por tierra con la creencia de que Dios creó al hombre, porque demuestra que los humanos descendemos de otros seres vivos preexistentes (y no hay en esto posibilidad alguna de sostener el creacionismo, porque no se “crea” en etapas y durante millones de años).
En resumen, en el transcurso de los + ó – 200.000 años de su existencia, durante los primeros 190.000 el Homo sapiens fue un simple animal viviendo en equilibrio con su hábitat. En los siguientes 12.000 comenzó su carrera hacia el estrellato pero lleno de dudas e incertidumbres que lo obligaron a delegar responsabilidades y explicaciones en un ser superior que denominó dios. Finalmente, y cuando pudo acceder al conocimiento de las leyes y mecanismos que rigen los eventos de la Naturaleza, comenzó a prescindir de las divinidades que lo habían acompañado hasta ese momento y a sentirse un dios él mismo.
Pero en los últimos 150 años de este periplo ocurrieron demasiadas cosas demasiado rápido. Se descubrió la fuente casi gratuita de energía mediante el uso del carbón, el gas y el petróleo, y ese evento gatilló avances tecnológicos sin precedentes que bajaron al hombre del caballo y lo pusieron al día siguiente en una Ferrari o en una nave espacial. El mecanismo del crecimiento exponencial actuó entonces sin restricciones y todo aumentó a ritmos insospechados, tanto lo bueno como lo malo. El crecimiento fue caótico, no programado, porque los sucesos se precipitaron y se salieron de control.
Entre las cosas buenas que resultaron se cuentan el final de las hambrunas, de las plagas y de las guerras, las tres cuestiones que mantuvieron en vilo a los seres humanos durante toda su existencia anterior. Hoy mueren más personas por obesidad que por hambre (no estoy diciendo que no haya mala nutrición, me refiero a hambrunas), cuando las pestes intentan atacar al ser humano en pocos meses son dominadas por la medicina y sus tratamientos, y las guerras matan anualmente a un número irrelevante de personas (mueren muchas más por suicidios o inseguridad en las calles). El terrorismo –el gran cuco del momento- no pasa de constituir una máquina de propaganda, donde hay gran ruido y muchos titulares en los diarios pero pocas muertes reales.
Entre las cosas malas que trajo el modernismo está que hemos puesto demasiada presión sobre el Planeta y excesivas esperanzas en que la tecnología resolvería las necesidades por siempre. Nos permitimos poner sobre la Tierra mucha más gente de la que ésta puede soportar sin destruirse, y ahora no sabemos como resolver la ecuación. Y como complemento hemos transformado al ser humano en un desecho de su propio crecimiento, y no sabemos ni que hacer ni donde poner a los que sobran. En estos días nos enteramos de que en la Argentina hay 13 millones de pobres, y no tenemos ni idea de cómo integrarlos a una vida digna. Y en África hay 600 millones, y en la India 1000, y en China…etc.
Entonces intuimos que transitoriamente hemos terminado con los problemas del pasado -que eran las hambrunas, las plagas y las guerras– pero que hemos creado otros que no tenemos ni idea de cómo enfrentar. El deterioro ambiental, el reemplazo energético y el final del crecimiento desmedido son realidades que nos angustian y que aparentan estar entrando en un camino sin retorno.
A nivel más doméstico empezamos a ver que los pobres seguirán pobres, que no hay con que mantener a los jubilados, que los jóvenes solo pueden aspirar a ser asalariados de corporaciones públicas o privadas que los mantienen en nivel de subsistencia, que la inseguridad es hija de la pobreza, que la torta se reparte cada vez peor y según las reglas que imponen los poderosos, etc.
El sueño del Homo sapiens transformado en dios comienza a temblar, porque el propio saber que hemos adquirido durante nuestros años de Era del Conocimiento nos indica que los inventarios no son suficientes para sustentar el futuro que pretendemos. Ahora sabemos cuantificar stocks y necesidades, y nos percatamos de que nuestro sueño no se sostiene. Y a los dioses tradicionales ya los matamos.
Y 200.000 años después…el Indio Solari
Porque los seres humanos necesitan una mística, algo donde refugiar su frustración, un rito que los junte para gritar y perseguir un objetivo, por difuso que éste fuere. No sabemos qué hacer con la claridad y la precisión numérica que nos otorgó la Era del Conocimiento, porque lo que vemos no nos gusta. Y es así que nos refugiamos en esa masa informe de 300.000 seres que van allá, en este caso a Olavarría, por algo que no saben bien en qué consiste, que gritan sin que alguien los escuche, pero que les otorga una sensación de pertenencia, y que los saca de la dura cotidianidad.
El Indio Solari, el Gauchito Gil, el celular de Apple y los eventos tecnológicos que deberían resolver la salida de la encrucijada, son los dioses del siglo XXI.
La ciencia es por definición objetiva, pero los seres humanos necesitamos recurrir a mitos ficticios porque la realidad pura es demasiado dura para ser soportada. Si no mezclamos realidad con fantasía, si no ponemos un colchoncito de mística sobre los problemas que nos acuden, el sufrimiento es insoportable. Es así que es legítimo y hasta saludable acudir a figuras ficticias como dioses o relatos que nos conforten y nos den esperanzas de que el futuro será mejor.
El ser humano pasó a vivir cada vez peor desde que abandonó su etapa de cazador-recolector. Soportó guerras permanentes, abusos, hambrunas, esclavitud, torturas, persecuciones y plagas. Trabajó muchas horas más que cuando simplemente salía a buscar su sustento para el día, conoció el significado de palabras como estrés, colapso, exterminio y miseria. Objetivamente pasar a la etapa de agricultor y luego a la de modernidad fue un desastre en términos de la búsqueda de la felicidad. Pero soportó todas esas desgracias porque inventó relatos que le prometían un futuro mejor.
Se puede vivir permanentemente en una situación parcialmente objetiva y parcialmente ficticia. El secreto es no excederse en el relato -que es la parte agradable del mix- y perder de vista que las cosas ocurren por leyes y reglas rígidas e inmutables de la Naturaleza.
Es por eso que a pesar de estar en una etapa muy avanzada de la Era del Conocimiento, igual necesitamos ficción y mitos para sobrevivir a los malos tragos. Y el Indio Solari cumple ese papel de dios moderno, al igual que lo hace Elvis Presley (que recibe medio millón de “feligreses” por año), Gilda, Cristina Kirchner (que haciendo lo que hizo durante 12 años conserva una popularidad del 20 %), Apple (que ni siquiera es una persona), el sistema capitalista o ese papelito verde que llamamos dólar.
Y 200.000 años después…el Indio Solari.
Espero haber contribuido a entender el porqué…

Q lindo «Relato»…
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Muy acertado como siempre 👌😘
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Es posible, supera el entendimiento humano!!
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Eeeeh….No será que buscamos tantos «dioses» porque le dimos la espalda a Dios (el único que se puede escribir con mayúscula)? Por cierto, la creación no es un hecho instantáneo, es un proceso; creación y evolución no se contradicen.
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Dios, con mayúsculas o minúsculas solo es una concepción mental, lo que no significa que sea muy importante para los humanos. No existe en realidad, como no existe el dolar, el capitalismo o los limites de los paises. Solo son cosas que fabrica nuestra imaginación y que aceptamos porque nos sirven para vivir en comunidad o para delegar en «alguien» las cosas que no podemos explicar. Pero cuando se trata de solucionar un problema de la vida real acudimos a la ciencia y no nos quedamos esperando un milagro. Eso no significa que el concepto de»dios» no sirva para ayudar a mucha gente a vivir con esperanzas, a sentir que tiene con quien hablar, etc. Pero nadie vio nunca a Dios, ni un “alma”, ni a alguien que pasara a una “vida eterna”, ni nada por el estilo, porque solo son formaciones subjetivas. En resumen: Dios es importante aunque no exista…
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