Quién no lo haya hecho aún, antes de leer el presente debe remitirse al Editorial de ayer que bajo el nombre de La Belleza de los Números se refiere al crecimiento exponencial, fenómeno que rige a todos los procesos que crecen ó decrecen a una tasa determinada.
Este fenómeno matemático tiene una potencia descomunal e implicancias raramente tenidas en cuenta cuando los seres humanos tomamos decisiones.
El mundo sustenta su funcionamiento en el crecimiento. Crecer en numero, crecer en importancia (dominar), conquistar espacios y subir en la escala jerárquica, son impulsos de orden genético. Tanto los seres humanos como las demás especies de animales y vegetales, existimos porque de alguna manera hemos triunfado en la lucha por ocupar espacios en los ecosistemas y en desplazar a los demás. Todo crece, incluso exponencialmente, hasta que algún límite pone coto a esa aspiración.
Es entonces que los seres humanos hemos establecido nuestras relaciones y nuestros sistemas de convivencia basándonos en el crecimiento al que nos urge nuestro ADN por una parte, y en los límites que impiadosamente nos impone la Naturaleza por la otra. Y es por eso que los sistemas económicos y sociales que siempre han triunfado entre nosotros, son los que contemplan ese mandato genético de crecer y esa predisposición -también genética- de clasificarnos socialmente en jerarquías. Toda vez que aspiramos a igualarnos, a barajar y dar de nuevo, o a “socializarnos” – impulsados por cuestiones morales- terminamos igual que al principio, solo que habiendo cambiado el dinero de manos y modificado los nombres de los jefes.
Y así fue siempre desde que el mundo es mundo, la curva de crecimiento exponencial intentando disparar los fenómenos hacia las nubes y los límites naturales poniendo coto a esas aspiraciones cuando se hacían desmedidas. Y cuál es entonces la diferencia respecto a lo que sucede ahora?
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