Escribo estas líneas luego de vivir la interesante (y triste) experiencia que brindó el huracán Matthew en los últimos días. En lo personal me permitió visualizar qué ocurre con nuestro sistema de vida totalmente dependiente de aportes enormes y constantes de energía, cuando el suministro de ésta se pone en duda. Ni que decir que los habitantes del Primer Mundo no podemos sobrevivir sin automóvil, sin heladera y sin aire acondicionado, y que solo con el rumor de algún faltante se producen crisis alimentarias, de suministro de materiales básicos, colas en los supermercados, en las tiendas de materiales de construcción y en las estaciones de servicio.

Pasé esta mini-crisis en el condado de Palm Beach, en el Estado de la Florida, uno de los más ricos del mundo y situado en el país más poderoso del planeta. El impacto de Matthew en nuestra localidad fue solo lateral y duró apenas 36 horas. Sin embargo, antes de que se produjera la primera brisa ya no había en los comercios más gas en garrafas, ni maderas aglomeradas, ni tornillos, ni pilas, ni muchos otros productos de primera necesidad, incluidos los combustibles líquidos.
Peor suerte y terribles consecuencias soportaron otras comunidades, empezando por la de Haití, que perdió mas de 800 vidas y gran parte de su precaria infraestructura edilicia. Y varios Estados norteamericanos ubicados más al Norte, como Georgia y las Carolinas, que sufrieron daños de valor incalculable en propiedades particulares y en su infraestructura pública.
Solo dos conclusiones mencionaré de las muchas que arrojó la experiencia Matthew: que contra la Naturaleza enfurecida no hay fuerza humana que pueda, y que –al menos en una primera instancia- no es lo mismo pasar una crisis en una comunidad rica y organizada que en una miserable y abandonada a la buena de Dios.
No tengo la más mínima intención de comenzar un debate sobre si el huracán Matthew hubiera sido menos severo de no haber contado con el aporte extra de energía que le confiere el calentamiento global, porque inmediatamente aparecerán los negadores de la realidad diciendo que huracanes hubieron siempre y que no tiene nada que ver una cosa con la otra. Para ahorrarnos ese inútil esfuerzo discursivo solo recordaré que la atmósfera tiene en la actualidad un grado centígrado más de temperatura que en la era pre-industrial, y que todos los estudios que desembocaron en el acuerdo de la COP21 (Conferencia sobre el Cambio Climático) de París de Diciembre de 2015 coincidieron en que superar los dos grados centígrados de aumento significará una catástrofe ambiental sin retorno. Más calor retenido en la atmósfera significa eventos más severos, punto.
Hecha esta breve disquisición sobre la experiencia Matthew, me introduciré en el verdadero motivo de este editorial, que es responder a algunos amigos que habiendo leído la actitud del Last Man Standing (el último hombre en quedar de pié) de mi libro La Nube/La Fogata se preguntaban como, en la vida real, llevar adelante esa acción protectora.
Vale entonces separar el problema en sus partes componentes:
1- ¿Existe efectivamente tal problema? ¿Estamos en peligro real o todo esto es solo un delirio de un grupo de timoratos alarmados? ¿Puede nuestra civilización colapsar?
2- Si existiera el problema: ¿Sabemos como enfrentarlo? ¿Estamos tomando las medidas correctivas adecuadas?
Sobre el primer punto –si estamos o no ante un problema de dimensiones descomunales- no voy a explayarme nuevamente, y quién quiera informarse puede hacerlo en infinidad de publicaciones, trabajos, libros, películas, informes científicos e incluso en la parte diagnóstica de la Encíclica Papal Laudato SI de mayo de 2015.
Para quienes no puedan o no quieran dedicar su tiempo a investigar el asunto en profundidad, pueden leer mi modesto libro –“No Somos Nada, pasado y futuro de una civilización especial”– en donde se expone el corazón del problema de forma didáctica, resumida, y en el idioma español. O pueden pegar un vistazo a varias editoriales del Blog https://donbenites.wordpress.com/
Y para quienes incluso prefieran saltearse el argumento y solo les interese conocer el final de la película, se los resumo acá diciéndoles que la humanidad enfrenta no solo uno sino una serie de problemas (crisis ambiental, pico de los combustibles fósiles, inestabilidad de los sistemas financieros, vulnerabilidad de los procesos de producción de alimentos, y varios etcéteras más) y que ante la falla de cualquiera de ellos el colapso de la civilización que nos contiene es inevitable. Y agrego qué -como la aludida falla se va a producir de una u otra manera- la pregunta correcta no es si efectivamente ocurrirá sino cuándo sucederá la catástrofe.
Para los lectores con baja tolerancia a las malas noticias, este es el momento de retirarse, buscar en internet alguna publicación que venda soluciones mágicas y gratificarse pensando que alguien acudirá en el momento preciso a solucionar el problema, como siempre hizo la caballería americana en las películas de cowboys.
Pero si usted decidió seguir leyendo, entonces deberá compartir conmigo –al menos en lo que resta de este artículo- la premisa de que el colapso es inevitable y que más nos vale ir pensando como manejarlo.
Posando entonces nuestra atención en la segunda pregunta mencionada arriba –si estamos tomando las medidas correctivas adecuadas- vale la pena intentar la respuesta mirando ciertas noticias producidas en estos días que posiblemente pasaron inadvertidas y que arrojarán algo de luz sobre la cuestión.
A nivel de nuestro país –la Argentina- se anunció con gran algarabía la llegada de los vuelos de bajo costo, al estilo de los que cruzan Europa para todos lados con tarifas ridículas. Demás está decir que en un país que ha perdido el abastecimiento energético, y que importa gas licuado en barcos a precios altísimos, promover el consumo de combustibles subsidiados por toda la comunidad para que viajen unos pocos, no hará más que aumentar la pobreza y la inequidad. Se dirá que es una forma de comunicarnos más fluidamente, de hacer más ágiles los traslados en un país inmenso, y se intentará dibujar el suceso como un éxito. Pero la realidad es que incrementa el consumo de un bien escaso como son los combustibles líquidos, aumenta la polución, y nos pone cada vez más lejos de cumplir el compromiso de reducción de emisiones firmado en París hace apenas unos meses. Borramos con el codo lo firmado con la mano, y damos otro pasito hacia el precipicio.
También se anunció en estos días que el yacimiento de Vaca Muerta iba a poner a la Argentina en el contexto de las naciones productoras de petróleo, que se harían grandes inversiones, y varias preciosuras más. No es cierto! Vaca Muerta tiene una Producción Neta de Energía bajísima –EROEI o Energy Return On Energy Invested- y solo será operable cuando el petróleo tenga precios muy altos, y produciendo escasa energía neta en relación al desastre ambiental que generará. Nuevamente calmamos nuestra ansiedad en base a sueños de difícil concreción y que por otra parte, si se cumplieran, generaría enormes daños colaterales.
Pasando a una escala mayor -el mundo en su conjunto- se acaba de entregar los premios Nobel a las distintas disciplinas del quehacer humano. En lo concerniente a las materias “duras” -que son las que podrían proporcionar soluciones a la crisis en ciernes- asusta pensar que lo mas destacado del año ha sido “…los descubrimientos teóricos de las transiciones de fases topológicas de la materia…”(Sic) en Física, y “…el desarrollo de máquinas moleculares…” en Química. Si eso fuera todo lo que tienen en el tablero de dibujo los muchachos de guardapolvo blanco para paliar las crisis paralelas (la ambiental y la energética), por cierto que estamos en problemas.
Es evidente que no hacemos lo correcto. Como primera medida, negamos la existencia del problema, o lo reducimos a la intrascendencia; luego nos anestesiamos con discursos engañosos que prometen soluciones que no serán; y finalmente insistimos en que lo ingenioso pasa por apagar el fuego con nafta.
Es tan poderoso el canto de sirenas del sistema económico en boga diciéndonos -a diario y apoyándose en un aparato de propaganda descomunal- que el éxito se mide a través del consumo y que el crecimiento económico sacará a los pueblos de la pobreza, que cualquier esfuerzo que hagamos quienes intentamos alertar sobre los dramas que nos auto-infligiremos en el futuro (muy) próximo, es estéril.
En lo personal soy un absoluto fracasado. No he convencido a nadie -ni siquiera a mi más cercano entorno familiar- de que es necesario un giro de 180 grados en nuestra forma de actuar y de visualizar el futuro. Muy poca gente ha leído mis libros, y mi Blog solo cuenta con escasos seguidores y que raramente aportan algo a la discusión. No hago más que predicar en el desierto.
En el año 1865 el inglés William Stanley Jevons afirmó que a medida que el perfeccionamiento tecnológico aumentaba la eficiencia con la que se usaba un recurso, era más probable un aumento del consumo de dicho recurso que una disminución. En definitiva, una mayor eficiencia en el uso de un recurso producía el efecto contrario al esperado, y se consumía más y no menos. Se llamó a esa observación “la paradoja de Jevons” o el efecto rebote.
Una adaptación moderna de la paradoja de Jevons es lo que ocurre con el consumo de bienes y servicios ante la alarma que disparan tipos como yo alertando que dicho consumo no es sustentable en el tiempo. Genera el efecto opuesto al deseado: provoca la desesperación por aumentar el consumo actual de lo que posiblemente falte en el futuro.
Es así que casi nadie ahorra, que se acepta mansamente que la retribución de dicho ahorro -la tasa de interés- sea manipulada para que sea cero, que se emita dinero sin respaldo para que la fiesta de consumo continúe, que los países hayan permitido que el endeudamiento sea de tal magnitud (alrededor de 3 PBI anuales en la mayoría de los del llamado Primer Mundo) que se haya gastado a cuenta el bienestar de las generaciones que nos sucederán, y que en definitiva aceptemos irresponsablemente y hasta con la sonrisa del idiota dibujada en nuestras caras, que hemos fracasado en la tarea de construir una civilización no solo brillante al ojo, sino estable y responsable para con nuestros sucesores.
A tal punto llega nuestra incapacidad de entender las cosas como son, que festejamos el aumento de la complejidad como un logro de la modernidad, cuando en realidad es el camino más fácil de perder nuestra libertad y cercenar nuestras posibilidades de progresar y ser felices. Para levantar una pared de ladrillos, poner un cable eléctrico o reparar una canilla, tenemos que acudir a un técnico especializado. Para instalar un kiosco debemos hacer una miríada de trámites y contratar a un contador. Para producir un kilo de carne vacuna nos vemos obligados a seguir un proceso de trazabilidad insólito, caravanear los animales, matarlos de determinada manera, y producir una serie de datos más que supuestamente son muy importantes para el alemán que se come el bife. Como resultado de haber aumentado la complejidad de tal manera la casa nos cuesta el doble, el kiosco estará siempre en infracción, y el alemán pagará su almuerzo mucho más caro. Y por supuesto las clases medias y las pymes quedan desplazadas de los mercados a favor de las cadenas y corporaciones que sí cuentan con contadores, abogados, técnicos especializado y toda la tropa que impone un sistema hecho adrede complejo para beneficio de los más grandes.
¿Cuál es el secreto para lograr que el común de la gente actúe de manera tan irracional?
Es el consumo, o la promesa de que pronto se podrá consumir más y mejor: lo estimulan los gobiernos, los bancos, las empresas, y -en una suerte de síndrome de Estocolmo- hasta las propias víctimas (los consumidores).
Por suerte, y como última línea de batalla contra el desastre que estamos provocando, hay grupos intentando no solo alertar sino aportar ideas para frenar la caída, o al menos para hacerla más suave. Ya se escuchan palabras como Resilencia, Decrecimiento y Límites, al tiempo que algunos grupos han pasado a la acción creando Librerías de las Cosas, Ecovillas, sistemas cooperativos, etc. El mejor sitio que he encontrado con este tipo de información se llama http://www.Resilience.org, que emite un informe diario con las últimas novedades que surgen en el mundo.
En lo personal creo que el ser humano solo va a reaccionar cuando los daños sean visibles, cuando corra sangre por las calles, y a esa altura será demasiado tarde para frenar la caída. Es por eso que acudo a la figura del Last Man Standing –el último hombre en quedar de pie- que en mi cuento de La Nube describo con las siguientes palabras:
“…Si la civilización tal cual la conocemos no va a perdurar, y si el ser humano no está dispuesto a cambiar para lograr sustentabilidad, olvidémonos de nuestros caprichosos congéneres y busquemos resilencia para nuestro pequeño entorno. Mientras el resto del mundo esté distraído consumiendo con desaforo, bailando al ritmo de música festiva y palmeándose las espaldas para congratularse por sus logros, intentemos ser el último hombre en quedar de pie actuando con inteligencia. La especie humana no se va a extinguir, pero la civilización va a colapsar y dos terceras partes de la humanidad va a desaparecer. Es cuestión de estar entre los sobrevivientes, y eso se logra –aunque sin garantías, claro está– posicionándose en los lugares adecuados. Frente a hambrunas es mejor estar en países con recursos alimenticios propios, frente a guerras es sensato ubicarse en países armados, frente a carencias energéticas es preferible el campo a la ciudad, y así cada uno debe hacer su propio análisis y buscar ser uno de los últimos hombres en quedar de pie…”
Queda claro que es un a posición egoísta, pero a la que se ha arribado ante la indiferencia de nuestros congéneres. El hecho de que un grupo humano decida suicidarse no obliga a todos sus integrantes a recurrir a esa medida extrema, y es lícito utilizar todos los artilugios posibles para sobrevivir.
Cada individuo deberá analizar sus circunstancias y sus posibilidades, y actuar en consecuencia. Por supuesto que no hay recetas, porque cada situación es distinta. Y cuando se visualice cuál es el camino adecuado, seguramente habrá que dejar de lado nacionalismos, credos, códigos y costumbres y priorizar la supervivencia.
Una chacra será más segura que un piso cincuenta en la ciudad de Nueva York, una tierra alta será mejor que una costera, un clima cálido será más amigable que uno gélido, la cercanía al agua dulce otorgará una ventaja clara, disponer de bosques para generar energía con su madera hará las cosas más fáciles…y de esa forma cada uno debería adaptar sus circunstancias a la mejor alternativa que se le presente. Tomar las medidas con tiempo es clave, porque como sucedió con la experiencia del huracán Matthew, cuando hay rumor de escasez todo se complica. Alguien que considere oportuno emigrar debe prepararse con tiempo, en momentos de caos las fronteras de los lugares convenientes se cierran.
Como los sucesos aquí pronosticados no tienen fecha cierta de ocurrencia, mañana por la mañana todo será igual a hoy, y entonces tenderemos a pensar que la alarma es infundada y que con el tiempo todo se arreglará. Miraremos al cielo y veremos que los cisnes que sobrevuelan son blancos, y supondremos que siempre serán blancos, hasta que un día llegue uno negro y la realidad se nos caiga encima.
Parafraseando al ensayista e investigador Nassim Taleb, un cisne negro es un hecho raro, impredecible al observador, y que tiene enorme repercusión en nuestras vidas y en nuestra historia.
El Last Man Standing debe ser capaz de anticipar la llegada del cisne negro, quitarle imprevisibilidad, y adoptar una posición resilente, y solo así cumplirá su rol de sobreviviente en esta civilización de daltónicos.

Es verdad – ya lo hablamos cuando me entregaste tu último libro – que no hay ninguna decisión conducente para frenar esta carrera al vacio. Hoy y mañana se reune en Resistencia el COFEMA (Consejo Federal de Medio Ambiente) integrado por los ministros del área de las 24 provincias. Y como el Chaco tiene la presidencia de algo así como Comisión de Monte Nativo, la reunión se realiza aca.
No tienen agenda conocida y causó más que mucha preocupación la declaración del Sec Ambiente y Desarrollo Sustentable Sr. Rabino Bergman, quien indicó que ante la reducción de presupuesto para combatir incendios forestales, lo que recomienda hacer es «…ponerse a rezar». O sea que ni siquiera una organización de emergencia, pedido de colaboración a provincias y particulares, etc. no se ¡¡¡algo!!! Parece se corporiza el antiguo cuento de filosofía zen cuando el maestro decía «….lo único que no puedes hacer, es no hacer nada»
Pero así estamos. Les deseo todo éxito para la presentación en Apipé y muchas gracias por el libro. No te voy a elogiar porque me siento demasiado amigo para hacerlo, pero me leí en dos noches, una para cada historia. Gran abrazo!!!
Me gustaLe gusta a 1 persona
Gracias Pipo por tu comentario. Hace unos meses rescaté el correo electrónico de Bergman y le mandé mi libro No Somos Nada, porque estimo que tiene que ver con su área. Nunca me contestó. La política los absorbe, los protocolos, los viajes y los adulones, y finalmente dejan de ser útiles a su función primaria. Algo similar ocurre con los movimientos ambientalistas, que concurren a congresos, viajan por todo el mundo, etc. y terminan desatendiendo la causa. El mundo es un gran escenario, y los actores “simulan” acciones y preocupaciones que muchas veces son más de “el parecer” que del “ser”. Una pena, y por eso yo insisto en que no tenemos salida…
Me gustaMe gusta