Tanto que ponderé al sitio de Map My Tracks ayer que hoy produjo un fallo que casi me deja sin los datos del viaje. Por algún motivo cuando llegué a destino me mandó –virtualmente claro está- de vuelta al punto de partida (Amelia Island) en línea recta, y esa cuestión modificó la distancia del viaje, las velocidades, etc.
Por suerte pude rescatar las cifras principales del recorrido, que son las siguientes: distancia 98,6 km, tiempo 5:32 horas a 18,5 km/hora de velocidad promedio. Una barbaridad, …casi 100 km, …creo que me estoy excediendo, pero no es fácil encontrar localidades a donde pernoctar justo a la distancia que uno quisiera pedalear en la jornada.
Hoy fue un día típico de Florida en todo su esplendor: playas, sol, casas lindas, gente linda, ruta con bicisenda ancha e impecable, motos Harley Davidson conducidas por tipos con cola de caballo y chaquetas de cuero con tachas, autos deportivos, chicas corriendo y bicicletas de carrera con jinetes derrochando hormonas y energía. Todo aumentado por ser un Sábado de buen tiempo y en temporada.

El viaje fue un placer, y sus condimentos completamente diferentes a lo que presentaban los recorridos de Georgia. No más bosques de pinos, no más camiones, no más maquinarias con tipos trabajando, no más barrios pobres y casas prefabricadas, y por cierto hay por acá muchos más blancos con caras de llegar a fin de mes sin sobresaltos. Florida es única.
Amelia Island –llamada así en honor a la princesa Amelia, hija del Rey George II de Gran Bretaña- es una isla de barrera preciosa, rica, arbolada, prolija, y fue para mi un gusto pedalearla a lo largo de sus 21 km de longitud. Es famosa por haber pasado de manos en numerosas oportunidades, y en sus mástiles flamearon sucesivamente 8 banderas: Francesa, Española, Inglesa, de los Patriotas de Florida, De la Cruz Verde, Mexicana, de la Confederación y finalmente la de los Estados Unidos. Como toda isla de barrera, tiene escasos 6 km de ancho máximo, y se sale de ella hacia el Sur a través de interminables puentes concatenados que finalmente depositan a la ruta A1A en tierra firme.
Luego el viaje continuó con rumbo al Sur hasta que en Mayport abordé un Ferry que cruza el magnífico río San Juan. Tuve la suerte de llegar al puerto, hacer la consabida pregunta de cuanto habría que esperar para zarpar, y recibir la respuesta de “salimos apenas usted termine de abordar” Tarifa para bicicletas: 1 dólar


Usando este Ferry se evita cruzar Jacksonville, la enorme ciudad del NE de Florida que creció en la desembocadura del río San Juan en el Océano Atlántico. Se continúa entonces por la playa sin pasar por el centro, y se recorre Jacksonville Beach y Neptuno Beach, ambas con muy buenas casas y una actividad deportiva y social notable.
En el río San Juan y sus pantanos adyacentes mucha gente hacía deportes náuticos, e inclusive pescaban con mosca.


Luego siguieron interminables kilómetros sobre la avenida paralela al mar hasta llegar a los puentes (¡otra vez puentes!) que me depositaron en San Agustín.


Por el camino se atraviesan numerosas Reservas de la Naturaleza y también interminables hileras de casas enfrentando el mar. Muchos de estas viviendas son de calidad intermedia, y han sido construidas de manera temeraria: muy cerca de la rompiente y con materiales poco resistentes. Son casi todas palafíticas (plantadas sobre pilotes), pero de madera, y en algunos casos asusta observar la endeblez de los materiales utilizados. No pude dejar de pensar en el desastre que ocurrirá cuando el cambio climático muestre los dientes y tanto el nivel del océano aumente como los huracanes se hagan más frecuentes y poderosos. Y eso va a ocurrir más pronto que tarde, así que si pensaba comprar su casa en Pontevedra Beach, Villano Beach o similar, piénselo de nuevo.
Mi hotel en San Agustín –el Scottish Inn- es de lo más bajo de la escala pero muy bien ubicado y me esperaba con su hindú en la conserjería. Lo hube reservado para una estancia de dos días porque es fin de semana y San Agustín es una ciudad MUY turística, y como había pronóstico de lluvias temía no poder bicicletear.
Pero surgió un cambio de planes: resulta que el pronóstico del tiempo anuncia 50 % de probabilidades de lluvia para mañana Domingo, y 80 % para el Lunes, cuestión que decidí tomar el riesgo menor (de mojarme digo) y seguir viaje hasta Ormond Beach a esperar allí la segura tormenta del Lunes. Conseguí un hotel boutique sobre la playa que justifica permanecer dos días tomando tragos con el arrullo de las olas que rompen, y de paso le doy un día de descanso a mi atribulado esqueleto mientras pasa la tormenta.
Me fui a cenar al centro de San Agustín y previo a sentarme recorrí la St. Georges Street de punta a punta. Es la callecita más simpática del pueblo y tiene una enorme afluencia de turistas, y si no fuera por las guayaberas y las bermudas de los transeúntes, podría parecer una rua o via de alguna ciudad medieval de Europa.

San Agustín –fundada en 1865 por Pedro Menéndez de Avilés- es la ciudad más antigua de los Estados Unidos, alberga el muy bien preservado Castillo de San Marcos y tiene muchas atracciones para disfrutar en familia. El Museo de la Prisión, los barcos piratas amarrados en el puerto, el show del Castillo de San Marcos donde se disparan cañonazos (de balas de pan) hacia los buques que pasan por la bahía, el Faro, el museo Believe it or Not de Ripley, la escuela de madera más antigua del país, el parque de cocodrilos más impresionante del mundo (exhiben desde enormes cocodrilos de agua salada australianos hasta los yacaré overos y negros del Iberá pasando por cuanta otra variedad de saurios haya en el mundo), y todo eso condimentado con historias de piratas que se nos cruzan por las calles con capas y espadas amenazantes y que hacen de esta ciudad una pequeña Disneylandia.
Es hasta aquí que llegué en mi primer viaje en bicicleta en el año 2014, y es en sus calles y paseos donde Lucky Ducky (mañana les cuento quién es) cometió toda clase de tropelías que quedaron plasmadas en el libro infantil Lucky Ducky goes to Pirate Land.
Y para los que hayan leído mi libro Ruleta Rusa/El Montículo, es también aquí donde llegó Jonathan Dickinson luego de su odisea por el hundimiento del buque Reformation.
Me tengo que ir a dormir o mañana pago las consecuencias. Chau

Genial hermanito! Llega la noche y cuando ya me prepro para ir a dormir…se que me espera el chocolatito con cafe…es decir….el placer de tu relato de la 4ta etapa del viaje.
Como me pasa con los libros que me atrapan…creo que te extrañare cuando regreses a tu casa….nunca te paso, cuando estas terminando un buen libro…que no queres que termine?……
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Que linda etapa. Y que bueno tener buen tiempo y paisajes marítimos. Es lo que a mi me encanta. Felicitaciones como siempre y trata de mantenerte seco. Jaaa. Abrazo
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Gracias por compartir tu excelente travesía.
Tu relato siempre atrapante, como tus libros.
Abrazo.
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Me pasa lo mismo Mecha, esperoel proximo relato encantada, cuando termines la travesia tendre la melancolia igual q cuando termino un libro. Suerte ….
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