Quinta Etapa: De San Agustín (Fl) a Ormond Beach (Fl)

Arranqué la Quinta Etapa con el pié izquierdo porque me detuve a desayunar en un fancy restaurante sobre la avenida costanera mirando al castillo de San Agustín. Me acomodé en un deck al aire libre (para tener a la vista la bicicleta), supuestamente en el mejor lugar del mundo, … y demoraron siglos en atenderme, me cociné sentado bajo el inclemente sol de Florida, el desayuno contenía todo lo que yo NO quería, y me cobraron como si fuera el Maxim’s de París. Además no me trajeron ni agua ni café y el menú solo consistía en 2 tostadas con huevos arriba. ¿Desayuno sin café? Digno del vecino museo Ripley’s. Para colmo yo tenía en claro que el pronóstico me auguraba una mojadura segura, y que cuanto más me arrimara a las horas del mediodía peor iba a ser el diluvio. Es claro y notorio que conviene mojarse lo más cerca posible del hotel de destino.

El puente levadizo sobre el río Matanzas se elevó -para dejar pasar a los veleros de mástil alto- justito cuando yo llegaba, cuestión que me detuve frente a la barrera, hice …hummmm…con los deditos para arriba y me dediqué a sacar fotos desde lo alto a los buques piratas.

Habiendo transcurrido más de una hora y media de mi partida, había recorrido apenas un par de kilómetros. Pasé frente a la granja de cocodrilos que les comenté ayer y enfilé a toda velocidad por la A1A rumbo al Sur.

Las cosas mejoraron entonces, volví a sentir esa sensación de felicidad plena que me confiere esta aventura, y por enésima vez agradecí a la vida la posibilidad de sumar eventos que terminarán siendo recuerdos imborrables y materia de relatos –con alguna cuota de exageración por supuesto- para mis nietos (que en realidad en su fuero íntimo pensarán: ¿será cierto que este carcamán hizo todas esas cosas?)

El viaje completo de esta quinta etapa fue por la orilla del océano, en partes casi tocándolo y en partes una cuadra hacia adentro. Es el mismo diseño que se repite a lo largo de toda la costa de Florida: sectores con casas que enfrentan al agua, con playas privadas e inaccesibles desde la ruta porque no queda -por kilómetros- una sola franjita de acceso al público general. Y con playas públicas -bastante espaciadas entre sí- con estacionamiento de autos, baños públicos, quinchos, guardavidas, etc. También ocupan buena parte de la costa parques y reservas de la Naturaleza con puntos de acceso para el público, Centros de Interpretación y guías que dan las explicaciones necesarias.

Acá les copio los números del día:

http://www.mapmytracks.com/explore/moments/2603775

Recorrí 80 km en 5 horas y 5 minutos de pedaleo, con 7 horas y 2 minutos de tiempo total de viaje (maldito desayuno) y la velocidad promedio cayó a 15,73 km/hora. El motivo de la merma en la velocidad promedio respecto a los días anteriores no es que yo haya sido un día más viejo sino que surgió el temido enemigo de los ciclistas: el viento en contra. Ayer sopló del Sud-Este, y como yo viajo de Norte a Sur, me frenó bastante. Los golfistas dicen que si un jugador tira muy seguido para par (o sea para salvar el par), está en problemas. Parafraseando a los colegas golfistas, yo diría que si un ciclista anda muy seguido en quinta velocidad cuando suele hacerlo en sexta, también lo está (se esfuerza más y durante más tiempo para llegar al mismo lugar)

La isla de barrera que recorre esta parte de Florida de Norte a Sur es muy angosta, en partes de solo 100 metros de ancho. De un lado está el océano Atlántico, rudo, intimidante, con eternas rompientes y del otro la famosa Intercostal Waterway (ICW) que es un canal de aguas mansas -en sectores natural y en otros hecho por el hombre- que permite navegar protegido todo el largo de la Costa Este de los Estados Unidos. Cada vez que puedo me arrimo a su orilla y le pego un vistazo, porque debo acumular información para que alguna vez, vencidos los “peros” que intentarán dominar mi próximo sueño, me atreva a navegar al menos una parte de su trayecto.

El río Matanzas forma parte de la ICW, y ayer me detuve en una rampa de acceso para embarcaciones menores e hice mil preguntas a la chica que atendía un comercio para pescadores. Supe que a veces el Matanzas corre de Norte a Sur (como lo hacen casi todos los ríos de los Estados Unidos), pero que circunstancialmente modifica la dirección de sus aguas por el fuerte influjo de las mareas que entran al río por los Inlets (corredores de acceso de agua del mar a la ICW). El inlet existente en San Agustín es mucho mayor que el de la localidad de Matanzas y entonces empuja más, pero a veces no, entonces… entonces…y entonces obtuve como conclusión que ese conocimiento de las mareas excede la posibilidad de comprensión de las pocas neuronas activas que me quedan, y que permaneceré en el confort de la ignorancia rogando no pagar las consecuencias si algún día logro concretar el aludido sueño náutico.

Pero lo que rescato de mis observaciones es que es posible navegar la ICW con embarcaciones menores, y que eligiendo la orilla correcta y evitando días de fuertes vientos se puede sobrevivir al intento. Mi idea –por ahora sueño- es hacer el recorrido con una canoa (si, como la de Pocahontas),… y eso si que entra en la categoría de embarcaciones menores!

A continuación seguí pedaleando con la esperanza de que el pronóstico del tiempo se hubiera equivocado. Comenzaron a aparecer casas sobre el lado del mar montadas encima de pilotes muy altos, y a su lado máquinas excavadoras haciendo pilas de arena, barreras, cordones…y empecé a comprender que esas personas estaban -a puro petróleo y maquinaria pesada- intentando eludir las advertencias de la madre Naturaleza de que estamos haciendo algunas cosas mal, muy mal.

No voy a hacer demasiados comentarios porque una imagen vale más que mil palabras, y les adjunto unas fotos para que evalúen con sus propios ojos a lo que me refiero.

Estas casas van a volar en mil pedazos no bien un huracán las acaricie, y las playas donde fueron construidas desaparecerán a poco que suba el nivel del mar, aunque todas las excavadoras del mundo intenten lo contrario.

Poco más adelante me detuve a fotografiar otro patético intento de evitar lo inevitable: vean las barreras de piedras que se colocan por kilómetros para proteger la endeblez de la ruta expuesta a ser borrada en cualquier momento por la furia del mar. Estas piedras son acarreadas en camiones quién sabe de dónde, y colocadas en su lugar por enormes maquinarias, … y como siempre a puro petróleo y parvas de dólares.

 

Seguí pedaleando y el panorama mejoró, la isla se hizo más ancha y las casas más fuertes y lógicas. El Sur se veía amenazante, negro, pero aún no llegaba la lluvia pronosticada. En Palm Coast encontré un Subway –mi comedero preferido en ruta- y almorcé por 8,01 dólares un exquisito sándwich de pollo con papas fritas y coca cola. Recargué los termos con agua, compré bananas (indispensables como aporte de potasio) y retomé el camino sabiendo que recién había recorrido la mitad, era la una de la tarde, el viento seguía de frente, y la tormenta en cualquier momento me maltrataría.

Paré un minuto en casa de un artesano en madera, y les muestro las cosas lindas que pueden hacerse con raíces de árboles, una pequeña maquinita eléctrica, y mucho talento.

Encuentre a Walli:

No puedo dejar de mencionar a los motoqueros que por miles –y no estoy exagerando- circulan orgullosos con sus Harley Davidson brillantes, ruidosas, estrafalarias algunas, con luces de colores y música tan fuerte que se escucha a cuadras de distancia. Todo americano con panza de doble rollo, barbudo, peludo, ancho como un placar, y que pueda darse ese lujo, tiene una de esas motos y sale los fines de semana a florearse en grupos. Hay también mujeres piloto, y parejas, y motos con sidecar o con acoplados. Los negocios colocan carteles induciéndolos a detenerse y comer (Bikers welcome) . Si fuera a darle a alguien un consejo de inversión en este mundo sin negocios interesantes en los mercados financieros sería: compre acciones de Harley Davidson ya que los Baby Boomers (la generación numéricamente más importante, la nacida luego de la WWII) se están jubilando y adoran esas motos. Las ADORAN. O mejor aún, si usted es un Baby Boomer directamente cómprese una bien grandota, deje que las patillas se le junten con los bigotes, y salga a disfrutarla.

En una esquina encontré a uno de esos personajes a los que se le había caído de costado la moto. Hacía un enorme esfuerzo por levantarla, herido su orgullo, y no la movía un centímetro. Las vértebras de la columna crujían, la rubia que se supone iba en el asiento de atrás miraba indolente y sin ninguna intención de ayudar (como suelen hacer las rubias)… y entonces decidí detenerme y dar una mano. Para cuando lo hice, y mientras ponía mi bicicleta a un costado y sobre su patita, un grandote se bajó de una camioneta y entre los dos, al son de uuuhhhhuuu, lograron pararla. Fin del cuento, la moto rugió, la rubia puso su trasero sobre el asiento de atrás, y salieron pitando.

Dado que era Domingo crucé varios ciclistas de fin de semana, y estos tienen un diseño corporal completamente diferente al de los motoqueros: son atléticos, delgados, se enfundan en trajes especiales que resaltan sus físicos cuidados y conducen raudamente sus bicicletas de fibra de carbono con manillar de carrera. Van en tándem, ocupan todo el ancho de la ruta, y el líder circunstancial grita órdenes a sus seguidores cada vez que hay que tomar una decisión (doblar, cruzarse de carril, detenerse, etc.) Yo no entiendo el lenguaje que utilizan, y soporto que me pasen como alambre caído porque de cualquier manera mi deporte -el de viajar a larga distancia- no tiene nada que ver con eso. Yo soy un ciclista de travesía, no de velocidad. Y no me he cruzado en estos cinco días a ninguno de los míos, con mochilas o equipaje que demuestre que está haciendo una travesía. A pesar de que el Estado de Florida tiene rutas para bicicletas a lo largo y a lo ancho de su territorio, pocos las utilizan. Una pena, se pierden un deporte muy lindo y gratificante.

Como dato colorido, en el otro extremo de la cadena evolutiva me encontré con el único ciclista homeless de este mundo, y les mando una foto. No sé si el hombre será feliz,  ni si merece lástima o admiración, pero juraría que tiene menos estrés que muchos figurones de Wall Street. Bien por él! Ojalá la vida le sea buena!

Que calidad para dormir la siesta

El Sur continuaba poniéndose negro, y cuando vi que la lluvia era inevitable detuve la bicicleta a un costado y me preparé para la batalla. Seguí el protocolo varias veces ensayado en noches de insomnio: proteger todo lo electrónico con zip-locks, cambiar el chaleco de viaje por la campera para lluvia, colocar el impermeable protector de las alforjas, poner luces adicionales a titilar y guardar la billetera y a Lucky Ducky en lugares secos. Hecho esto seguí marchando, y a los cinco minutos me agarró una lluvia de aquellas que solo el Chaco me hubo mostrado alguna vez. No se veía a un metro, la calle se encharcó, el agua corriendo desde los campos del entorno arrastró arena sobre las veredas y los autos que pasaban hacían llover de costado. Zafarrancho!, un par de veces me empantané sobre la vereda misma, avancé lentamente y a los tumbos, pero por mis adentros volví a sentir lo mismo que cuando enfrenté el puente a la salida de Brunswick: una enorme alegría de sentirme vivo, pleno, sano y en condiciones de hacer cosas un poco más allá de las normales.

Todo funcionó según lo esperado, y cuando la lluvia pasó estaba mojado lo que se sabía que se iba a mojar, pero lo protegido permanecía seco. Y así, feliz, seguí pedaleando y esquivando los peores charcos, que tardaron un tiempo en disiparse. Volví al equipo de tiempo seco y me fui acercando a destino, ese lugar de nombre desconocido para mí pero que estaba a la distancia precisa que el clima me permitiría alcanzar: Ormond Beach.

Me sorprendí de encontrar una localidad enorme, muy linda, llena de hoteles y restaurantes, animada y con mucho movimiento. Sin perder tiempo me dirigí al hotel elegido, que está sobre la costa del mar y se llama Lotus Inn & Suites. Lo hube reservad desde San Agustín como hago siempre: —Google—hoteles en Ormond Beach—aparece la lista y busco mirando precios, fotos y cercanía a mi ruta. Por supuesto que no puedo eludir mi sangre genovesa y entonces los ordeno por precio, de menor a mayor, y sobre esa lista busco el más barato que me resulte potable. Este era demasiado barato, sospechosamente barato, y tenía la duda de haber elegido bien. Cuál no fue mi sorpresa cuando me encontré con mucho más de lo que esperaba: moderno, simpático, con una tremenda pileta sobre la playa y con visuales inmejorables del mar y sus delicias. Y como una caricia adicional: con un jacuzzi mirando a las olas.

Metí la bicicleta al cuarto, la desensillé y puse todo a secar. Dormí un rato y pregunté a donde ir a comer, que quedara a distancia de a pié. Me indicaron un restaurante a unas 15 cuadras y ahí me dirigí. Con todo lo malo que se había iniciado el día, de un plumazo fui compensado por la gracia divina: pocas veces he comido tan bien y en un ambiente tan animado. Era un restaurante de onda repleto de motoqueros, músicos, tipos tatuados y demás miembros de la fauna local.

En la mesa frente a mi comía una pareja. Las mesas son altas y las sillas tipo taburete. El hombre, sentado justo a mi frente, era un especie de morocho cubano que hablaba español. Cuando se bajó del taburete vi con estupor que medía 1,50 metros de altura, 1,54 metros de ancho, y 1,52 metros de profundidad. No lo medí, claro, pero soy bueno para calcular: era cuadrado! o para ser más preciso: cúbico!, el cuello inexistente y las orejas apenas sobresalían de los hombros. Del taburete de su frente bajó su pareja, que a mi me había estado dando la espalda. Me di cuenta de que era un homínido porque tenía dos cosas colgando a modo de piernas, y por sobre un cuerpo redondo sobresalía un bulto similar a una cabeza, pero tardé un buen rato en decidir si era la esposa del tipo o si el buen hombre había sacado a pasear al orangután. Mamita, … bajaron la escalera bamboleándose, se subieron a su Harley y se alejaron con un fuerte ronquido que salía por sus escapes (de la moto, digo).

Luego de los mejores langostinos que comí en mucho tiempo y de dos cervezas Corona, pagué feliz 35 dólares y me fui a escuchar el resultado de las elecciones. Bien por la Argentina, parece que estamos empezando a salir.

 

5 comentarios sobre “Quinta Etapa: De San Agustín (Fl) a Ormond Beach (Fl)

  1. Sos un groso JuanMa. Desde ya, te elijo como yunta para próximas (idílicas) travesías. Me encanta esa capacidad que tenes de poder ir describiendo los acontecimientos a medida que los vas viviendo y ese espíritu de superación. Además, todo salpicado con sana ironía. «Buen camino».

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  2. Buenísimo Juan. Que viajon! Con lluvia y todo. En la selfish se te bien..encapuchado, jaaaa. Muy buenas fotos e interesante la descripción de los motoqueros. Jaaa con el cubano y su acompañante. Mi reconocimiento a tu esfuerzo y aventura. Abrazon y lo mejor

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  3. Juan, luego de la lluvia, seguiste feliz a pesar de lo empapado, que loco . Y seguis pensando en otras travesias… Decike a Felipe hacer una travesia a caballo en el norte… Suere. Cuidate.

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