El Hombre al Servicio de la Entropía

La «entropía» es desorden. Comenzando al momento del Big Bang el Universo se desordenó a lo largo de millones de años, fundamentalmente en el sentido de que sus componentes se fueron alejando, chocando, rompiendo y quemando. Un desorden creciente es la dinámica del Universo. Según Wikipedia comenzó hace 13,7 billones de años.

Por supuesto que esos números inmensos y la dimensión de lo que implica la palabra Universo exceden nuestra capacidad de comprensión, así que me remitiré a analizar la entropía en nuestro modesto planeta Tierra y en la época que nos toca vivir. Y más específicamente pondré el foco en lo que los Homo sapiens hacemos a nuestra casa cuando por acción u omisión incrementamos la entropía.

Es cada vez más notorio que aparte de la Tierra muy pocos o quizás ningún otro cuerpo celeste haya logrado el milagro (no religioso) de tener vida.

La vida sobre nuestro planeta se fue haciendo más diversa y compleja hasta ordenarse según la maravilla que hoy llamamos Naturaleza: un compendio de sucesos que se repiten cíclicamente, y que si bien son cambiantes (evolucionan) lo hacen a un ritmo muy lento. La baja velocidad de la evolución biológica es condición sine qua non para que ocurra mansamente dada la propia mecánica que utiliza: azar, prueba y error, selección de lo que sirve, etc. No se puede ir rápido en esta materia.

Hay vida simple sobre la Tierra desde hace 4.000 millones de años (bacterias), y compleja (plantas y animales) desde hace 600 millones de años, y ese larguísimo periodo de tiempo demuestra por sí solo lo estable que es la Naturaleza.

Dado que los seres humanos tenemos enorme dificultad para comprender los grandes números pongo un ejemplo para ayudar a dimensionar esos períodos: la denominada “era cristiana”, desde donde comenzamos la cuenta los occidentales, lleva transcurridos poco más de 2.000 años. Un millón de años abarca 500 eras cristianas (500 x 2.000 = 1 millón). Los tiburones surcan los mares del Mundo desde hace 400 millones de años, o sea 200.000 eras cristianas (400 veces 500)!

Durante ese larguísimo período de tiempo la Tierra fue lo suficientemente estable como para no extinguir a los tiburones. A lo largo de todos esos años el sol salió a la mañana y se puso a la tarde, el agua mantuvo temperaturas bastante parejas y la atmosfera estuvo compuesta de Nitrógeno, Oxigeno, vapor de agua y un poquitito de CO2. La estabilidad fue la norma, por eso pudieron perdurar los tiburones.

En ese mundo estable una vaca come pasto y produce desechos de heces, orina, metano y CO2. Cuando muere la vaca su cuerpo queda en el campo más o menos en el mismo lugar donde vivió. Todo se recicla, los minerales vuelven al suelo y los productos gaseosos se incorporan a un proceso cíclico que los pone nuevamente a disposición de la vida. El pequeño desorden que se produjo durante la vida de la vaca se vuelve a ordenar y la entropía, el desorden, desciende al nivel previo. Ocurrió un ciclo, un episodio de suma cero, y la vida continúa por siempre jamás.

La gran condición para que exista vida sobre la Tierra es que haya ciclos, idas y venidas, porque si solo rigiera la ley de la entropía (el desorden creciente) los procesos caminarían en un solo sentido hasta su extinción, porque nada podría sobrevivir en un ambiente de permanente cambio unidireccional. Los ciclos se suceden una y otra vez, y gracias a esa danza repetitiva la vida se puede adaptar y encontrar su lugar.

Entonces debe quedar claro que la vida en el planeta Tierra solo es posible porque hay procesos que revierten la entropía y reordenan la materia y la energía para una futura utilización. Generan ciclos.

El más notorio de esos procesos ordenadores es la fotosíntesis. La fotosíntesis revierte el desorden que provoca la combustión (que en su versión para seres vivos se denomina respiración). Si quemamos con fuego (o respiramos) materia orgánica partimos de un estado ordenado (azúcar, grasa y proteína contenidos en estructuras orgánicas) liberando moléculas de CO2 y agua.  El aumento de la entropía por combustión se revierte entonces con la fotosíntesis (que toma esas moléculas simples y utilizando energía solar las vuelve a unir en estructuras complejas) y volvemos mansamente al estado ordenado original: un tejido vivo. Esto se repite año a año desde hace millones de años: es un ciclo de desorden y orden que llamamos vida.

De manera similar a los ciclos orgánicos, muchos procesos inorgánicos de la Naturaleza revierten el desorden y disminuyen la entropía: por ejemplo el agua de lluvia se evapora y retorna a la atmósfera como humedad que precipita en las tierras cubiertas de vegetación, o pone a esa misma agua en altura confiriéndole energía potencial que finalmente genera el movimiento descendente de los ríos.

Las estaciones del año, las mareas, las corrientes marinas y la circulación general de la atmosfera son ejemplos de la ciclación que hace la Naturaleza mediante procesos que posibilitan la vida. Ordenan una y otra vez la tendencia de la entropía a desordenar y a disminuir la energía implícita de los sistemas. Lo realizan aprovechando la energía solar, que es lo único que la Tierra recibe graciosamente del espacio exterior.

Numerosas otras situaciones menos espectaculares y visibles ocurren en el Planeta sin que siquiera sepamos de su existencia, y son procesos que aumentan enormemente la entropía y que finalmente signarán nuestro destino, porque al ser menos visibles no son siquiera contemplados al momento de la toma de decisiones.

Por ejemplo: el inventario de materia de la Tierra es fijo e inamovible porque no hay incorporación de nueva materia desde el espacio. Los átomos son re-utilizables infinidad de veces, pero la posibilidad de hacerlo depende de su accesibilidad.

La accesibilidad de la materia es un aspecto fundamental de nuestra de supervivencia y sin embargo no está contemplado en las preocupaciones de nadie. Un átomo de fósforo, de magnesio, de potasio o de lo que fuera que hace al crecimiento de las plantas es accesible cuando está en el suelo agrícola y las raíces lo pueden tomar. Ese mismo átomo puesto en el fondo del mar o en una pila de basura del suburbio de una ciudad deja de ser accesible. Ese hecho que pasa desapercibido a la mayoría de nosotros también forma parte de la entropía, porque habremos desordenado la materia y le hicimos perder accesibilidad al efecto de futuras utilizaciones.

Cuando excedemos la capacidad de reordenamiento de los sistemas naturales producimos sin notarlo el aumento de la entropía. Si quemamos más combustibles de lo que la Naturaleza puede reciclar terminamos poniendo excesivas cantidades de CO2 en la atmosfera o acidificando los océanos. Si regamos cosechas superando la capacidad de recarga de los acuíferos terminamos con más agua en el mar y menos en el subsuelo, donde es necesaria. Si trasladamos a la superficie millones de años de acumulación de carbón o petróleo y los quemamos, tenemos consecuencias que no sabemos ni dimensionar ni corregir. Aumentamos la entropía sin capacidad de retorno.

Nuestro Planeta fue diseñado de determinada manera por quién sabe cuántos procesos, hechos fortuitos y fuerzas cósmicas, y como consecuencia de ese ordenamiento es que estamos sobre él transcurriendo nuestro existir. Dado que los seres humanos somos parte de ese diseño, en la medida de que respetemos límites y cantidades podremos disfrutar de esta maravilla por mucho tiempo más.

Al menos así sucedía hasta ahora, o mejor dicho hasta hace escasos cien años.

Hasta esas épocas Homo sapiens era una especie más del concierto de seres que habitan el Planeta. Su capacidad de daño al entorno natural era limitado porque no sabia qué hacer con la mayoría de las cosas que lo rodeaban. Ocupaba su tiempo en obtener lo mismo que todos los demás seres vivos: energía para vivir y parejas para perpetuar sus genes. Vivía de leña y comida, ambos provistos por procesos naturales simples y repetitivos, o sea de baja o nula entropía.

De pronto Homo sapiens descubrió la energía de los combustibles fósiles, y al no tener que ocuparse de lo que siempre distrae el tiempo de los seres vivos (obtener energía), caminó a toda velocidad hacia el mundo moderno actual. Descubrió como utilizar nuevos materiales, inventó procesos que aprovechando esa energía gratuita desembocaban en productos que le conferían confort, y se atrevió a soñar con un mundo feliz y con él mismo como jefe. Su brazo de palanca se denominó tecnología.

Durante esos gloriosos años disparó todas las curvas de crecimiento, producción y consumo de forma exponencial, porque la Naturaleza es exponencial si se le sacan los frenos propios de la escasez y de los límites.

Incluida en esa fiesta de abundancia estaba la curva de crecimiento demográfico: al inicio de la revolución industrial éramos 1000 millones de seres humanos y llegamos en tres o cuatro generaciones a los 7800 millones actuales. Paralelamente aumentamos los consumos individuales también de manera exponencial, por lo que pusimos la presión sobre los sistemas naturales en un modo doblemente exponencial. O sea insoportable.

La tecnología fue un componente indispensable de esta orgía. Gracias a ella hicimos todo más veloz, más eficiente y más confortable. Pero no atendimos a las consecuencias de nuestro accionar. La tecnología exacerba la entropía, y cuanto más tecnología aplicamos más aumenta el brillo de los procesos y los resultados obtenidos, pero a costa de un creciente e insoportable desorden que ya nadie es capaz de atender y mucho menos de revertir.

La vaca que comía pasto, que daba sus productos al campesino local y que se moría en el campo pasó a ingerir alimento balanceado, a dar leche para los habitantes de la ciudad, y a morir en un frigorífico lejano. Los desechos de sus productos (leche, queso o manteca) y los de su carne entregada como ofrenda final, ya no vuelven a la tierra que la vio nacer sino a una cloaca que los dispone en el fondo del mar o en alguna montaña de basura. El ciclo de la materia que aseguraba una repetición eterna de los procesos se reemplazó por una extracción minera que dispuso en lugares inaccesibles los minerales involucrados.

Una vaca comiendo pasto es sustentable. Un engorde a corral, no.

La tecnología nos hace viajar mas rápido, producir mayores cantidades, acceder a lugares remotos, hace mas eficientes los sistemas, produce nuevos materiales y exacerba todos los procesos.

Pero paralelamente nos sumerge en un mundo insostenible, acumula en la columna del Debe una deuda que nos llevará al colapso porque todos los mecanismos que retrotraen la entropía a niveles tolerables están excedidos.

Un maíz de 2.000 kg por hectárea con el chancho comiendo a la vera de la chacra es sustentable. El mismo maíz produciendo 15.000 kg por hectárea deja de serlo porque para lograrse la tecnología pone demasiadas cosas muy caras a los sistemas naturales: equipos de riego, enormes maquinarias, aviones volando, plantas de agroquímicos, camiones transportando fertilizantes, ingentes cantidades de combustibles, plantas de acopio y secado, y posiblemente barcos llevándolo a China.

Casi todos los procesos desarrollados durante el lapso de disposición abundante de energía serán insostenibles cuando ese lapso termine. Y el incremento de la entropía provocado durante ese periodo de abundancia habrá dejado al mundo en condiciones calamitosas.

El deterioro ambiental es un hijo del incremento de la entropía, porque los sistemas naturales dejaron de ser suficientes para poner orden. Están superados.

La civilización humana se ha puesto al servicio de la entropía. Desordenamos todo sin siquiera notarlo, porque vamos demasiado ligero y por ahora disfrutando del vértigo sin mirar para los costados y mucho menos para adelante.

Por estos días estamos comenzando a percibir algunas consecuencias de nuestro accionar. El coronavirus viaja por el mundo montado en una tecnología que nos traslada para todos lados a muy bajo costo. Turismo, aviones, barcos, etc. nos llevan y lo llevan a cada esquina del mundo.

Comenzamos a sufrir y a tener miedo porque esta vez un daño colateral impensado amenaza nuestras vidas privadas, nuestras finanzas y nuestros sistemas de salud. Nos saca de esa zona de confort que creíamos merecer por ser los mejores, los dominadores del sistema natural.

Olvidamos que Dios da y quita porque ese es su mecanismo para contrarrestar la soberbia.

Esta vez no es un niño que sufre en África o un Yaguareté que se extingue. El coronavirus golpeó a nuestra puerta y la casa está desordenada.

Seguramente la tecnología nos salvará una vez más produciendo una vacuna, pero esperemos que la experiencia sirva para comenzar a poner orden en nuestra casa, porque la Naturaleza es impiadosa y finalmente Homo sapiens le importa un bledo.

9 comentarios sobre “El Hombre al Servicio de la Entropía

  1. Juan, como siempre tus reflecciones son muy aleccionadoras. Seguramente se superará con éxito esta pandemia, ya lo hizo en otras oportunidades la humanidad. Abrazo enorme.

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  2. Juan: Esperemos que a través de la cuarenta dispuesta a nivel mundial y de la consecuente reducción en la emisión de gases tóxicos de las industrias se pueda salvar la capa de ozono que está seriamente comprometida desde hace varios años. Excelente el informe sobre la situación actual del medio ambiente. Muchos saludos.

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    1. Así es José, es posible que esta pandemia nos asuste lo suficiente como para poner en la agenda de la humanidad que no es posible seguir creciendo a expensas de recursos finitos, ni ensuciando ni aumentando la entropía en los términos que la describe el artículo. Un abrazo!

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  3. Muy bueno tu análisis Juan , esperemos poder salir bien de ésta pesadilla de corona virus y ojalá que halla sido algo natural y no la manipulación de alguna potencia !!
    Te mando un abrazo y seguí los eslabones de la cadena del trampero Nelson !!

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  4. Querida juan me resulta apasionante leerte y compartir tus artículos, pero soy tan choto con la tecnología, que me siento en la edad de piedra, donde supuestamente no había estos problems
    Ni hablar de las criptomonedas, que también me divierte pensar, para poder ahorrar no solo en bufalos que se me complica, y en eso me metiste vos, y no en papel pintado o en los queridos verdes que nos prohiben nuestro vergonzoso gobierno

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  5. Hola Juan. No había visto este artículo que, como todo lo que escribís, es muy completo. No sé porque no me llegan, ya que en su momento me anoté.
    Un buen momento tu recuerdo de Marcos a través de su respuesta a tu artículo.
    Quisiera que nunca dejes de escribir, a pesar de la poca difusión, ya que tus artículos tienen un valor intrínseco.
    Abrazo, y ¡buenas bicicletas!
    Felipe
    (Alonso, ¡claro!)

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